domingo, 28 de febrero de 2010

TORTA DE CAJETA "EL QUE CON LOBOS SE JUNTA"

Dicen que el que anda con lobos, a aullar se enseña, o algo así, los refranes contienen sabiduría de viejos y filosofía cotidiana de uso efectivo. El refrán no tendría gracia si no doy la explicación de porqué lo digo, en posts anteriores hice un recuento de un par de aventuras que, inducido por el alcohol, me tocó traer a la vida en vez de escribirlas como libreto de un capítulo de Mr. Bean. Sin embargo, continuaré en esta ocasión con otras categorías que no me atañen a mí, sin embargo, he sido cómplice, confidente, soporte moral y auténtico admirador de otras historias que tengo el requetegusto de contar.

A este borracho lo llamaremos “El Drink Du Soleil”. Resulta que este amigo emprendió sabrosa tertulia que culminó en una ingesta barbarizada de alcohol aún viviendo en casa de sus padres. Como sus pobre fuerzas le permitían entró al inmaculado hogar sin hacer ruido y chancleando como buzo (eso sólo me lo imagino, no me consta, a mí me ha pasado y cuando tomo consciencia de ello, me acuerdo de cuando en la primaria me ponían a hacer “paso redoblado en su lugar”, pero esto es de mi cosecha), eso sí, se quitó los zapatos para no hacer ruido y optó por recostarse en la cama. Al igual que muchos otros borrachos que conformamos las legiones de beodos a nivel mundial y que luchamos por nuestro derecho por un rato de descanso, las distancias y las ubicaciones de las cosas se nos dificultan (en una ocasión un taquero me tuvo que poner el plato enfrentito de mí porque no podía atrapar al inmóvil recipiente, parecía que estaba espantando moscas), el problema fue que el objeto en cuestión, cuya proximitud no fue calculada, era la cama. Si usted, querido lector pensó que el hombre cayó al suelo, déjeme decirle que está muy equivocado, ya que, haciendo un perfecto arco, digno de un acto circense, o peor aún, sólo visto en Linda Blair, recostó una cuarta parte de su cuerpo en la cama (evidentemente de los hombros para arriba) mientras lo demás se mantenía erguido, toda una posición de yoga. Así pasaron horas mientras el hombre desafió las leyes de la gravedad y lo que es peor aún, la resistencia de su columna vertebral. Despertó como era de esperarse, con un dolor incalculable, inadmisible de rabadilla, pero ingresó al Salón de la Fama de la irreverencia.

En otra ocasión, saliendo de un entonces conocido antro, un compañero de borrachera, como es su costumbre, egresó del lugar acompañado de los guardias porque causaba gran revuelo la forma en que mezclaba el agua mineral con el refresco de cola, no en un vaso, sino en su cabeza, como uno de esos comerciales de Herbal Essences, pero en vez de decir “Oh yess” decía “Campechano!”. Creo que esa descripción le ha hecho famoso en varios lugares y quienes leen esto y le ubican lo habrán reconocido. A este borracho le llamaremos “Golem”, una figura mítica de un zombie en la tradición judía, no sólo por su estado de absoluta inconsciencia dentro de la consciencia, sino que lo único que repetía, era un bizarro lamento que rezaba: “consomé, consomé”. Yo he tenido antojo de muchas cosas, pero encontrar consomé de barbacoa a las 4 de la mañana en San Luis Potosí, era un reto. El hombre gritaba e invocaba el sustantivo a todo pulmón: “Consoméeeee, consoméeeeee”, además de que se puso violento se le ocurrió entrar corriendo a un hotel que se encontraba casi a un costado del lugar, se subió en los carritos de equipaje y los utilizó como patín del diablo mientras el lamento continuaba. Logramos sacarlo del hotel y luego lo perseguimos alrededor de un autobús de pasajeros foráneo que estaba afuera del edificio. Cometió el error de empezar a arrojar su pobre humanidad al cofre de todos los automóviles que estuvieran estacionados en pleno Centro Histórico eso nos dio la oportunidad de amagarlo, sujetarlo, domarlo, de haber tenido uno de esos aparatos que lanzan descargas eléctricas al ganado lo habría hecho, sin embargo corría el riesgo de crear un Frankenstein. Si se lo imaginó está bien, si no, le repito que seguía gritando como enfermo mental: “consomé, consomé”. Afortunadamente logramos aprehenderlo, como animal de granja lo arrojamos en el asiento trasero del coche, lo llevamos por el maldito consomé, y una vez que ingirió el primer trago, volvió a ser la persona civili… bueno… la persona que es.

Mi adorada zona huasteca también me tiene muchos recuerdos de otra categoría de borrachos, una amiga inaugura la categoría de “Borracho Dori”, cuya afección se caracteriza por la memoria a corto plazo y la reproducción constante de los momentos como disco rayado. El ron blanco hizo estragos en nuestro organismo y la alegre fiesta se llenó de ademanes compartidos que incluían el chocar las manos y jugar con la botella del dulce veneno. Siendo ésta última la ocasión, juntábamos las manos en torno del recipiente de vidrio al ritmo de la música, nada más que nuestra borracha en cuestión no consideró la importancia de abandonar el cigarro en el cenicero antes de continuar con la práctica mencionada, lo que me ocasionó una quemadura de figura redondeada y que me dejó una ampolla como el grano de la nariz de La Bruja Maruja en la mano que intenté atender con pedazos de hielo. Diez minutos después ella misma me preguntaba “¿Qué te pasó?”, a lo que respondí extrañado “Me quemaste”. Diez minutos después se repetía la pregunta. Y claro, diez minutos después incidió nuevamente en el cuestionamiento. ¿Recuerda la máquina de toques que mencioné en el caso pasado? Aquí también la necesité.

Algunos de estos casos deberían de presentarse en uno de esos programas sobre hechos misteriosos e inexplicables. En una visita a otro templo de diversión (por cierto, el mismo de donde mi amigo se convirtió en Munra el Inmortal hambriento de consomé) una cotidiana cita sabatina con los amigos no podía faltar. Había una cámara fotográfica y un par de botellas de brandy en la mesa. No creo que haga falta explicar que nuestra integridad física, intelectual, moral y lógica se vio transgredida y totalmente eliminada. Al salir del lugar, evidentemente con las luces ya prendidas, se me ocurrió comprarle flores a mis queridísimas amigas, como un gesto de caballerosidad (que no volveré a realizar por cierto), acción que pretendía ser un bonito detalle de amistad, sin embargo no tardé más que en pagar las 3 flores cuando les brotó el becerro que llevan dentro y las empezaron a masticar. Si, a masticar… (Detenga su lectura aquí, este espacio está dedicado a que lo imagine, lo asimile… sí, las estaban masticando, sólo tome 5 segundos, no vale la pena más, no sé si hubiera preferido un escupitajo en la cara o escuchar una canción de Ricardo Arjona en completo estado de sobriedad) cuando les reclamé, sólo soltaban carcajadas que retumbaban en Plaza Fundadores. Algo más bizarro fue que un amigo que nos acompañaba, decía que estaba teniendo relaciones sexuales con un Pointer Rojo (tome otros 5 segundos para imaginarlo, luego olvídelo, no lo guarde en su memoria) como yo era el conductor designado les llevé a su casa. Una cuadra antes de lograr llegar a su destino, me asustó un grito de mi copiloto que dijo: “!!!!Párateeeeee!!!!”. Asustado detuve el coche, pensé que había atropellado a un niño con insomnio que jugaba futbol a las 4 de la mañana, o a un señor panadero que se levantó temprano a amasar teleras, yo sé que no es lógico, pero eso pensé. Se bajó el individuo del auto, se asomó a la derecha, se asomó a la izquierda, miró debajo del carro y hacia el frente y me dijo “No viene nadie, ya puedes pasar” (Ahora tome 10 segundos… luego otros 5 para que conjunte los anteriores eventos en una sola noche) Un servidor no sabía si buscar la cámara escondida, porque no podía ser más que una broma, o comprobar si no era 28 de diciembre, o buscar unas letrotas que dijeran “Plop” como en los chistes de Condorito.

De estas narraciones extraordinarias hay muchas, pero si alguien se pregunta el porqué soy como soy, pues es por lo que le comento, lo que escribo en este blog. Lo único que me queda claro, es que necesito ese aparato de descargas eléctricas.

jueves, 25 de febrero de 2010

Taco de Amor-didas: "SSSS"

Casi nunca escribo ficción, y cuando lo hago casi nunca me gusta y cambio de parecer. Pero en esta recupero la historia de los abuelos de una buena amiga, por eso es importante. Comenten, a ver qué cambio, qué pulo, o quémpompó:

"SSSS"


El contrapeso de la olla a presión recién había iniciado a sisear cuando Clara decidió que “el hombre de los desperdicios” pudiera llevarse los ya apolillados directorios telefónicos que estaban adormilados en su chifonier. El mueble color vino era testigo mudo de lo que el cuarto-vestidor de la antigua y malhabida casa registraba en sus largos cajones llenos de facturas antiguas e instructivos ya inútiles de artefactos que tuvieron por fin hacer más sencilla la vida del hombre y que ahora sólo hacían miserable la vida del técnico doméstico que dedicaba la hora del almuerzo a intentar reparar vejestorios que volverían en menos que lo que tardan las palomas en construir nidos de los que ya les habían echado.

“Y según yo los guardé por “siún” día los necesitaba. De pura gente muerta están llenos” pensaba mientras despejaba las numerosas capas de enmohecidos papeles que incluían recortes de periódico y bautizos de niños que para estos momentos ya tendrían los propios. Un montón de papeles punteados haría que Clara se sentara en un la tapa de la vieja máquina de coser con la palma cubriéndole los ojos como antifaz y los chillidos más sordos que el sorbete de mocos que le acompañaba mientras los goterones de lágrimas se apresuraban a salir por entre las erosionadas mejillas.

Años atrás la señorita Clara había decidido que el corazón era el órgano más importante del cuerpo, no sólo porque su presencia en el sistema fuera indispensable para bombear sangre sino porque Corín Tellado eso decía en sus rosas historietas. Ya suficiente era para la familia soportar que “la nena” decidiera desperdiciar las tardes con un violoncello y con el orate de Flavio F. Carlos, por entonces reconocido innovador musical en la localidad. Y no fue sino hasta que Julián apareciera que todos se dieron cuenta que la cosa podía ser peor. Era un vagales que no salía de las cantinas por días, que quién sabe qué comía, pero cuya virtud no dejaba de ser la de la suerte. El dinero no abundaba entonces por esos lares, pero nunca faltó un ingrato que invirtiera joyas, animales y propiedades en los tugurios. Tampoco fueron pocos los que les dieran “el notición” a sus familias durante el desayuno al tiempo que envolvían patrimonios arreglando las cosas para ver ahora a dónde se iban a arrimar.

Afortunado ganó la que fuera su casa, a donde llevó a Clara luego del inevitable casorio y donde jamás faltó ni una sola comida, ni zapatos ni ropa que vestir. Los hijos llegaron y con ellos el amoroso grillete de una vida hogareña, entregada a los niños y sus escuelas, al cocido de los domingos, a la plancha de carbón, a los zapatos con blancol, a la ropa que no se seca, a la pelusa debajo de la cama, y al marido, pero sólo cuando llega.

Las latas de brea para un arco de cello funcionaban mejor para emparejar la pata de la mesa de la cocina que para lo que fueron creadas. El arco sirvió para limpiar las telarañas y pellejos de araña que pendían de las esquinas de los cuartos y se columpiaban con el aire de la ventana o con el que aventaban las cobijas cuando se tendían las camas.

Muchas fueron las mujeres de Julián antes y después de Clara, como muchas fueron las cosas que en casa aparecían y desaparecían de un día para otro como pago de apuestas. Fue pura voluntad y el sentimiento inevitable de la falta de oxígeno de cuando se piensa en quien se ama, que le hacía doler y ansiar tener de vuelta a su marido en casa, aunque comiera sin hablar, aunque terminara con su ya común “estuvo bien sabroso, me voy a echar un coyotito”, aunque “esposa” dejara de significar “mujer”.

No pocas veces pudo Clara confinarse en un cuarto, en una casa con cualquiera, con el que respondiera a su mirada. Pero no, eso no puede ser. “Julián, estos no son tus calzones”, pensaba “Julián dónde dejaste los calcetines”, “Julián, explícame porqué hay plumas en tu chamarra”, pero todo esto no salía más de disco que repetía y repetía sin sonido dentro de su cabeza, que daba vueltas, que se inventa y se reinventa, que arma historias que pudieron ser, que las empeora, pero que nunca, que jamás se comprueban. Lágrimas para qué, nomás te sacan los mocos, te hinchan los ojos y te dejan la boca sabiendo a sal.

Así pasaron los años, así se fueron los hijos, hasta que el soportar se convirtió en asumir. Dejó de doler el corazón y empezaron doler las reumas. El escote se convirtió en un pesado suéter tejido de estambre. Lo único que permanecía era el estofado dominical que curaba penas y resacas, y que con tuétano sabía aún mejor, aunque no importara que el ácido úrico se elevara hasta el cielo y que la gota inmovilizara a Julián por dos o tres días siempre y cuando los fomentos se aplicaran por las noches.

Cualquier cosa pudo pasar por esos años, pero lo único que no debió, a ojos de Clara, ocurrir, fue la fatídica mañana de un Sábado de Gloria en que en medio de chorros de agua de broma, el hediondo Julián no pisaba el suelo, roncaba como si necesitara nebulizaciones, apestaba como si la ya escasa maraña de cabellos se hubiera sido pegada a la alopécica calva con hollín. Clara le despertó en vista de que pasaba del medio día, Julián despertó pero no decía nada, igual que no decía nada cuando su esposa recogía del suelo ropa sucia del día anterior y cualquier cantidad de evidencia de adulterio. Ya era costumbre, sin embargo esta vez fue diferente. Clara no le miraba cuando Julián le confesó “perdí tu violinsote” dijo “se lo llevaron anoche”. Sin una palabra, se detuvo y volteó a mirar al que por gracia divina era su esposo, le miró un par de segundos, aborreció la brillantez de la comisura de sus labios escurriendo en cebo, los mocos sólidos y resecos revueltos con su bigote como niño que se le chorreó la leche y la mirada abajo fija en los pies de la cama, que originalmente quién sabe quién pensó que podía cambiarse por un tiro de cubilete. “Ese cabrón…ps… sí era bueno, lo que sea de cada quien…” agregó para rematar entre muchas otras explicaciones que se fundieron con un silencio o tal vez con las pocas ganas de ser escuchadas. Clara resolvió contestar “Ah” y no volver a dirigirle la palabra.

No pasaron más de dos años para que Julián falleciera, en un velorio desbordante de gente de la más extraña, gente que nunca pisó la casa familiar: mujeres con bocas color carmín y olor a lavanda, músicos que hicieron duetos, tríos, cuartetos y todo tipo de fusiones instrumentales. A todos había que atender y muchos mostraron sus respetos: “cómo se nos fue a morir”, “todavía estaba bien cuando lo vi”, “lo que necesite, señito aquí ‘stamos”.

Luego de esto, la rutina, los cuadros viejos se sustituyeron por fotografías nuevas con bebés, los cajones dejaron de contener botellas para habitarse por mentas, tamarindos enchilados y botanas con juguetes. El buró dejó el maquillaje para poblarse con medicinas de todo tipo, vendas, tijeras y relojes que esperaban algún día volver a tener una batería o una correa para asirse de una muñeca otra vez.
Pero nada, ni la ciática, ni el calcio, ni la miopía superaba el amargo estremecimiento de Clara cuando encontró luego de tantos años sus partituras entre los directorios telefónicos viejos, con glifos y símbolos que en antaño entendía y que ahora le eran tan ajenos, como sus quejidos y llantos mezclados con el sisear del cocido de res que se sobrecalentaba dentro de la olla a presión.

domingo, 14 de febrero de 2010

TACO METALERO

Muchos años de mi vida los he dedicado a la música, vaya, no soporto siquiera pensar en que en casa no se esté escuchando cualquier cosa. Mi admiración por tan extraordinario fenómeno es tal, que además de los cacahuates y las tortillas, la música se inscribe a la lista de elementos indispensables en mi entorno.

Como parte de mi fanatismo, asistir a muchísimas muestras musicales se convirtió durante un periodo de mi vida, en algo común. Mi pobre vida de estudiante me orilló a conseguir dinero a como diera lugar para poder asistir a tan ansiados espectáculos. Desde los 15 años impartí clases particulares de guitarra, lo que me dejaba suficiente dinero para mantener mi moderada vida estudiantil (y la inmoderada también, porqué no), el sacrificio era tal, que inclusive llegué a tener alumnos de 10 años de edad que requerían de un loquero, porque mientras estaban en clase disfrutaban de subirse y bajarse los pantalones (cabe aclarar que lo hacían repetidamente al tiempo que emitían una pseudorisa más parecida al sonido de una cabra que está siendo ordeñada, que al jolgorio de un infante) mientras yo mantenía mi mano engarruñada en el brazo de la guitarra pensando en dónde iba a empalar al par de lechones que osaban transgredir mi hogareña sala con sus miserias. Evidentemente no volvieron a clase, y qué bueno porque hubieran acabado atravesados por una varilla como caballitos de carrusel.

También trabajé en varios bares como músico durante los fines de semana. Uno de ellos era administrado por un pintoresco sujeto conocido por ser un setentero cantante de la localidad, que vivía adorando un par de LP’s que había grabado en sus años mozos (ya bastante lejanos por cierto) y que nos hacía interpretar “Mentira” mientras él cerraba los ojos como si esperara que Silvia Pinal le diera un beso de “piquito”. Además de esto, nunca tenía nada de lo que el menú decía, en ocasiones, como ensayábamos enfrente, se le podía ver salir corriendo del local, nos hacía pensar que se estuviera incendiando. Luego supe que eso lo hacía porque alguien le había pedido “algo” de comer, y como nunca iba nadie, tenía que ir corriendo a comprar ingredientes mientras sus comensales aguardaban su pedido. Afortunadamente había un mercado cerca donde el espinazo podía pasar por T-Bone.

Luego emprendimos el larguísimo viaje al bar que estaba en la calle contraria, donde además de rocanrolear, hacían pizzas. Pocas veces tuvimos “tocadas” normales. La acera entera debía de estar pintada con el iconito de minusvalía. Cada fin de semana teníamos un “fenómeno” distinto: a veces llegaba un comensal que le faltaba un brazo, al siguiente fin de semana, otro que le faltaba un ojo, al siguiente un cojo, etc. Juro que el lugar antes que antro de vicio, parecía una refaccionaria de partes humanas. No importaba qué tocáramos, nos llovían mentadas de madre para que cuando termináramos la tanda nos invitaran una bebida como si todo lo anterior hubiera sido un juego. Bueno, no podríamos pedir aplausos porque se necesitaban 2 de ellos para poderlo realizar, cada uno con su única palma. Eso sin contar sus alaridos de “¡Escalera al Cielo!”, “¡Contigo o sin ti!”, “! Perro Negro!”, o “¡Enciende mi fuego!”, desde luego, casi todas solicitudes de canciones gritadas como si alguien estuviera arrancándoles otra de las escasas extremidades que les quedaban. Eso es algo por cierto, que tampoco entiendo, ¿Porqué se traducen los títulos de las canciones? Si el proceso fuera inverso, ¿cómo se traduce “El Pipiripau”? ¿Elle Pea Pear Rip Paw?

Los nombres desaparecieron, ahora toda la gente que asistía, contaba con un artículo antecediendo a su apodo: “El Máster” (autor de cualeslamesamásprendidas frases), “El Pepepapa” (Exconvicto acusado de homicidio que luego puso una cocina económica), “La Mascafierros” (apodo atribuido a que tenía brackets), “El Cuino” (asistente, cruza entre un ñu y Carmen Salinas, que gustaba de andar por las calles con chaleco y moño, pero sin camisa), etc. Yo pasé de ser Saúl a ser “El Sapirúl”, apodo que no me molestaba, exceptuando todas las rimas que se podían hacer con él.

Uno de ellos, amigo de “El Yuri” (un posible ser humano que además de escasear de piernas, se oxigenó el frondoso cabello con algo similar al ácido clorhídrico) cuyo sobrenombre era “El Colmillo”, me pidió amablemente que le diera clase de guitarra, porque me imagino que el: “chinga tu madre, puto”, quería decir en verdad: “tu habilidad para la ejecución del cordófono instrumento es magistral”. Pues así, empezó una extraña y muy breve relación maestro-alumno, en la que éste último se escapaba del trabajo para tomar clase conmigo de guitarra, cosa que nunca hacía, pues se la pasaba platicando con un lenguaje tan coloquial, totalmente infestado de “mi”, “mai”, “rikis”, “maistro”, que no entendía absolutamente nada. Luego de la primera sesión, regresó a su trabajo y le vi montarse en su motocicleta, nada raro en un guerrero del rocanrol, en un enviado del averno, en un soldado de Satán… pero todo cambió cuando advertí que su “caballo de acero”, era de color lila… muy ad hoc para una figura de acción de la Barbie Metalera, en vez de corcel motorizado, le iba mejor “Mi pequeño Pony”.

Regresaba a clase muy frecuentemente, demasiado tal vez, y mientras yo hablaba, me miraba como cuando Frodo veía a Sam en la película “El Señor de los Anillos”. Eso de las clases ya no me estaba gustando, sobre todo porque “El Colmillo”, debajo de la maraña de cabellos de estopa empezaba a llamar demasiado a mi casa. Me empecé a negar. Afortunadamente al poco tiempo dejó de ir o insistir, nosotros cambiamos de bar. Espero no haber sido grosero, cualesquiera que hubieran sido sus intenciones, pero prefiero mantener como exclusivas, intocables y totalmente individuales, todas mis cavidades corporales.

martes, 2 de febrero de 2010

TORTA DE CAJETA "¿CON ESA BOCA COMES?"

No es que sea alcohólico. Tampoco infantil. Creo. Lo cierto es que si la sarta de babosadas que cotidianamente me ocurren se juntaran en forma de una pizza (siguiendo el sabio ejemplo de los gemelos fantásticos) la proporción que todas aquellas que tienen que ver con ese divertido elemento ocupan la parte de los ingredientes, como diría el lenguaje de alto gourmet de Turtle’s Picsas, y las que no tienen que ver, ocuparían el espacio de la orillita que todos dejan.

Soy sin duda, el último bastión, el Aquiles de Zeppelin, el náufrago, el hueso del aguacate, en pocas palabras “el quedado” de entre mi reducido grupo de “broders”. Al primero lo perdimos como a los 18: fue a engrosar la enorme lista de olvidados por el Seguro Social y sus métodos anticonceptivos. Los otros dos también ingresaron en ese selecto grupo de gente que ahora en vez de comprar una bolsa de papitas adobadas, compran una bolsa de pañales, o botes de leche en polvo que cuestan lo mismo que una operación de almorranas del Doctor del Villar.

No se han ido del todo, nos seguimos viendo aunque con menos frecuencia, y las reuniones duran no mucho tiempo. Sobrepasar la hora en que aparece la Pandilla Telmex deseando buenas noches a los niños es ya un primer indicador de éxito. Eso sí, las pláticas se han limitado a aspectos comunes en los que el principal tema son los adeudos y las confesiones de alcoba. Pero eso es otra cosa.

Vale más la pena recordar esos años mozos, en que nos juntábamos cuando recién recibíamos la “quincena”. Una gran cantidad se invirtió en alicientes para llegar a un nivel de diversión en distintos bares, antros y anexos. Podíamos quedarnos sin gasolina, pero no salir, eso no. Mi querido lector, un servidor, emprendió así una investigación etnográfica que procuraba ser parte del caso a analizar involucrándose directamente con su objeto de estudio: el vampiro de Bacardí, en otras ocasiones en forma de Torres, en otras del ancestral Matusalem, entre otros.

Fue así que ese estado de conciencia me llevó a experimentar desde cambios de vestuario imaginario, persecuciones policiacas, conocer la mitad de puestos ambulantes abiertos a las 6 de la mañana en mi hermosa y mocha ciudad, y la que hoy me ocupa es precisamente la que tiene que ver con las formas de comunicación.

¿Cómo distinguir que uno está pasado de copas? Hay muchas reacciones, dentro de mis amigos hay quienes “cuelgan el pico”, es decir, que se quedan dormidos sentados a la manera de Pinocho cuando no era un mágico niño, o bien puede recordar esas figuras folklóricas que venden en los tianguis en las que un guajolote de madera, una tortuga o inclusive un perrito arrugado, mueve la cabeza incesantemente mientras los taxis llegan a su destino, con el cuerpo inmóvil. A veces va acompañado de ronquidos, otras menos afortunadas son consecuencia de espasmódicas convulsiones estomacales que terminan en… digamos que uno puede distinguir el historial alimenticio de su amigo, o bien, buscar formas ocultas en el asqueroso resultado, como, el mapa del estado de Oaxaca o el perfil de Freddy Krugger con todo y llagas.
Otro indicador es la falta de equilibrio, que se ve reflejada en los choques hombro con hombro por los pasillos de un antro, la necesidad de recargar la cabeza contra la pared mientras se usa un mingitorio, caídas que no duelen sino hasta el día siguiente o el abrazo de “bastón” de un cuate.

El caso más curioso del que fui partícipe activo, tiene que ver con la empatía. Un buen amigo, hasta ese tiempo soltero (misma época que lo hizo no-soltero) fue mi gran compañero de farra y tenía la cualidad de manejar mucho mejor que sobrio. El suceso me recordó a Harry Potter hablando con las serpientes, porque luego de una acalorada fiesta en un conocido antro, ingerimos 2 botellas de Wakardí, fuimos a buscar los necesarios tacos que eructaríamos como por 4 días seguidos, dejándome un sabor en la boca como si hubiera chupado por media hora una moneda de 2 pesos, y mezclado con el chicle (que a veces uno supone que si un oficial de policía o tránsito nos llegara a enfrentar, no se daría cuenta más que por el aliento y no por el típico parado de hombre araña con las piernas abiertas para guardar el equilibrio) da un sabor como a rompope con cebolla. Vaya pues, en ese trayecto (es aquí donde revelo el indicador de mi embriaguez) dejé de sentir la lengua y empecé a trabarme, tanto que sé que no podía pronunciar palabras, sólo murmullos como los de Chewacca o cuando vivía Fidel Velázquez. Lo curioso es que mi compañero tampoco podía hablar, pero mantuvimos una conversación clara de regreso y durante la cena. Inclusive discutimos la ruta a tomar durante el trayecto de vuelta a nuestras respectivas madrigueras, ruta diseñada para esquivar los posibles retenes e inclusive lo que hablamos (si se le puede decir así o mugir) con las damiselas que no tenían miedo de charlar con algo o alguien parecido a Nosferatu.

Lo cierto es que esos tiempos no vuelven, sin embargo, cada vez que mi traba se lengua, recuerdo el día en que la amistad fue mucho más que las palabras.