Muchos años de mi vida los he dedicado a la música, vaya, no soporto siquiera pensar en que en casa no se esté escuchando cualquier cosa. Mi admiración por tan extraordinario fenómeno es tal, que además de los cacahuates y las tortillas, la música se inscribe a la lista de elementos indispensables en mi entorno.
Como parte de mi fanatismo, asistir a muchísimas muestras musicales se convirtió durante un periodo de mi vida, en algo común. Mi pobre vida de estudiante me orilló a conseguir dinero a como diera lugar para poder asistir a tan ansiados espectáculos. Desde los 15 años impartí clases particulares de guitarra, lo que me dejaba suficiente dinero para mantener mi moderada vida estudiantil (y la inmoderada también, porqué no), el sacrificio era tal, que inclusive llegué a tener alumnos de 10 años de edad que requerían de un loquero, porque mientras estaban en clase disfrutaban de subirse y bajarse los pantalones (cabe aclarar que lo hacían repetidamente al tiempo que emitían una pseudorisa más parecida al sonido de una cabra que está siendo ordeñada, que al jolgorio de un infante) mientras yo mantenía mi mano engarruñada en el brazo de la guitarra pensando en dónde iba a empalar al par de lechones que osaban transgredir mi hogareña sala con sus miserias. Evidentemente no volvieron a clase, y qué bueno porque hubieran acabado atravesados por una varilla como caballitos de carrusel.
También trabajé en varios bares como músico durante los fines de semana. Uno de ellos era administrado por un pintoresco sujeto conocido por ser un setentero cantante de la localidad, que vivía adorando un par de LP’s que había grabado en sus años mozos (ya bastante lejanos por cierto) y que nos hacía interpretar “Mentira” mientras él cerraba los ojos como si esperara que Silvia Pinal le diera un beso de “piquito”. Además de esto, nunca tenía nada de lo que el menú decía, en ocasiones, como ensayábamos enfrente, se le podía ver salir corriendo del local, nos hacía pensar que se estuviera incendiando. Luego supe que eso lo hacía porque alguien le había pedido “algo” de comer, y como nunca iba nadie, tenía que ir corriendo a comprar ingredientes mientras sus comensales aguardaban su pedido. Afortunadamente había un mercado cerca donde el espinazo podía pasar por T-Bone.
Luego emprendimos el larguísimo viaje al bar que estaba en la calle contraria, donde además de rocanrolear, hacían pizzas. Pocas veces tuvimos “tocadas” normales. La acera entera debía de estar pintada con el iconito de minusvalía. Cada fin de semana teníamos un “fenómeno” distinto: a veces llegaba un comensal que le faltaba un brazo, al siguiente fin de semana, otro que le faltaba un ojo, al siguiente un cojo, etc. Juro que el lugar antes que antro de vicio, parecía una refaccionaria de partes humanas. No importaba qué tocáramos, nos llovían mentadas de madre para que cuando termináramos la tanda nos invitaran una bebida como si todo lo anterior hubiera sido un juego. Bueno, no podríamos pedir aplausos porque se necesitaban 2 de ellos para poderlo realizar, cada uno con su única palma. Eso sin contar sus alaridos de “¡Escalera al Cielo!”, “¡Contigo o sin ti!”, “! Perro Negro!”, o “¡Enciende mi fuego!”, desde luego, casi todas solicitudes de canciones gritadas como si alguien estuviera arrancándoles otra de las escasas extremidades que les quedaban. Eso es algo por cierto, que tampoco entiendo, ¿Porqué se traducen los títulos de las canciones? Si el proceso fuera inverso, ¿cómo se traduce “El Pipiripau”? ¿Elle Pea Pear Rip Paw?
Los nombres desaparecieron, ahora toda la gente que asistía, contaba con un artículo antecediendo a su apodo: “El Máster” (autor de cualeslamesamásprendidas frases), “El Pepepapa” (Exconvicto acusado de homicidio que luego puso una cocina económica), “La Mascafierros” (apodo atribuido a que tenía brackets), “El Cuino” (asistente, cruza entre un ñu y Carmen Salinas, que gustaba de andar por las calles con chaleco y moño, pero sin camisa), etc. Yo pasé de ser Saúl a ser “El Sapirúl”, apodo que no me molestaba, exceptuando todas las rimas que se podían hacer con él.
Uno de ellos, amigo de “El Yuri” (un posible ser humano que además de escasear de piernas, se oxigenó el frondoso cabello con algo similar al ácido clorhídrico) cuyo sobrenombre era “El Colmillo”, me pidió amablemente que le diera clase de guitarra, porque me imagino que el: “chinga tu madre, puto”, quería decir en verdad: “tu habilidad para la ejecución del cordófono instrumento es magistral”. Pues así, empezó una extraña y muy breve relación maestro-alumno, en la que éste último se escapaba del trabajo para tomar clase conmigo de guitarra, cosa que nunca hacía, pues se la pasaba platicando con un lenguaje tan coloquial, totalmente infestado de “mi”, “mai”, “rikis”, “maistro”, que no entendía absolutamente nada. Luego de la primera sesión, regresó a su trabajo y le vi montarse en su motocicleta, nada raro en un guerrero del rocanrol, en un enviado del averno, en un soldado de Satán… pero todo cambió cuando advertí que su “caballo de acero”, era de color lila… muy ad hoc para una figura de acción de la Barbie Metalera, en vez de corcel motorizado, le iba mejor “Mi pequeño Pony”.
Regresaba a clase muy frecuentemente, demasiado tal vez, y mientras yo hablaba, me miraba como cuando Frodo veía a Sam en la película “El Señor de los Anillos”. Eso de las clases ya no me estaba gustando, sobre todo porque “El Colmillo”, debajo de la maraña de cabellos de estopa empezaba a llamar demasiado a mi casa. Me empecé a negar. Afortunadamente al poco tiempo dejó de ir o insistir, nosotros cambiamos de bar. Espero no haber sido grosero, cualesquiera que hubieran sido sus intenciones, pero prefiero mantener como exclusivas, intocables y totalmente individuales, todas mis cavidades corporales.
domingo, 14 de febrero de 2010
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1 comentarios:
Que bueno que se apartó de su "groupie" antes que lo dejaran arrojado sobre el buró al mas puro estilo de fabiruchis...
Saludos!
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