martes, 2 de febrero de 2010

TORTA DE CAJETA "¿CON ESA BOCA COMES?"

No es que sea alcohólico. Tampoco infantil. Creo. Lo cierto es que si la sarta de babosadas que cotidianamente me ocurren se juntaran en forma de una pizza (siguiendo el sabio ejemplo de los gemelos fantásticos) la proporción que todas aquellas que tienen que ver con ese divertido elemento ocupan la parte de los ingredientes, como diría el lenguaje de alto gourmet de Turtle’s Picsas, y las que no tienen que ver, ocuparían el espacio de la orillita que todos dejan.

Soy sin duda, el último bastión, el Aquiles de Zeppelin, el náufrago, el hueso del aguacate, en pocas palabras “el quedado” de entre mi reducido grupo de “broders”. Al primero lo perdimos como a los 18: fue a engrosar la enorme lista de olvidados por el Seguro Social y sus métodos anticonceptivos. Los otros dos también ingresaron en ese selecto grupo de gente que ahora en vez de comprar una bolsa de papitas adobadas, compran una bolsa de pañales, o botes de leche en polvo que cuestan lo mismo que una operación de almorranas del Doctor del Villar.

No se han ido del todo, nos seguimos viendo aunque con menos frecuencia, y las reuniones duran no mucho tiempo. Sobrepasar la hora en que aparece la Pandilla Telmex deseando buenas noches a los niños es ya un primer indicador de éxito. Eso sí, las pláticas se han limitado a aspectos comunes en los que el principal tema son los adeudos y las confesiones de alcoba. Pero eso es otra cosa.

Vale más la pena recordar esos años mozos, en que nos juntábamos cuando recién recibíamos la “quincena”. Una gran cantidad se invirtió en alicientes para llegar a un nivel de diversión en distintos bares, antros y anexos. Podíamos quedarnos sin gasolina, pero no salir, eso no. Mi querido lector, un servidor, emprendió así una investigación etnográfica que procuraba ser parte del caso a analizar involucrándose directamente con su objeto de estudio: el vampiro de Bacardí, en otras ocasiones en forma de Torres, en otras del ancestral Matusalem, entre otros.

Fue así que ese estado de conciencia me llevó a experimentar desde cambios de vestuario imaginario, persecuciones policiacas, conocer la mitad de puestos ambulantes abiertos a las 6 de la mañana en mi hermosa y mocha ciudad, y la que hoy me ocupa es precisamente la que tiene que ver con las formas de comunicación.

¿Cómo distinguir que uno está pasado de copas? Hay muchas reacciones, dentro de mis amigos hay quienes “cuelgan el pico”, es decir, que se quedan dormidos sentados a la manera de Pinocho cuando no era un mágico niño, o bien puede recordar esas figuras folklóricas que venden en los tianguis en las que un guajolote de madera, una tortuga o inclusive un perrito arrugado, mueve la cabeza incesantemente mientras los taxis llegan a su destino, con el cuerpo inmóvil. A veces va acompañado de ronquidos, otras menos afortunadas son consecuencia de espasmódicas convulsiones estomacales que terminan en… digamos que uno puede distinguir el historial alimenticio de su amigo, o bien, buscar formas ocultas en el asqueroso resultado, como, el mapa del estado de Oaxaca o el perfil de Freddy Krugger con todo y llagas.
Otro indicador es la falta de equilibrio, que se ve reflejada en los choques hombro con hombro por los pasillos de un antro, la necesidad de recargar la cabeza contra la pared mientras se usa un mingitorio, caídas que no duelen sino hasta el día siguiente o el abrazo de “bastón” de un cuate.

El caso más curioso del que fui partícipe activo, tiene que ver con la empatía. Un buen amigo, hasta ese tiempo soltero (misma época que lo hizo no-soltero) fue mi gran compañero de farra y tenía la cualidad de manejar mucho mejor que sobrio. El suceso me recordó a Harry Potter hablando con las serpientes, porque luego de una acalorada fiesta en un conocido antro, ingerimos 2 botellas de Wakardí, fuimos a buscar los necesarios tacos que eructaríamos como por 4 días seguidos, dejándome un sabor en la boca como si hubiera chupado por media hora una moneda de 2 pesos, y mezclado con el chicle (que a veces uno supone que si un oficial de policía o tránsito nos llegara a enfrentar, no se daría cuenta más que por el aliento y no por el típico parado de hombre araña con las piernas abiertas para guardar el equilibrio) da un sabor como a rompope con cebolla. Vaya pues, en ese trayecto (es aquí donde revelo el indicador de mi embriaguez) dejé de sentir la lengua y empecé a trabarme, tanto que sé que no podía pronunciar palabras, sólo murmullos como los de Chewacca o cuando vivía Fidel Velázquez. Lo curioso es que mi compañero tampoco podía hablar, pero mantuvimos una conversación clara de regreso y durante la cena. Inclusive discutimos la ruta a tomar durante el trayecto de vuelta a nuestras respectivas madrigueras, ruta diseñada para esquivar los posibles retenes e inclusive lo que hablamos (si se le puede decir así o mugir) con las damiselas que no tenían miedo de charlar con algo o alguien parecido a Nosferatu.

Lo cierto es que esos tiempos no vuelven, sin embargo, cada vez que mi traba se lengua, recuerdo el día en que la amistad fue mucho más que las palabras.

1 comentarios:

wicca dijo...

jajajajaja ahora si me hiciste reir, no pude evitar imaginarme tu parado de hombre araña jajaja