sábado, 30 de enero de 2010
lunes, 18 de enero de 2010
TORTA DE CAJETA "ENTRADA A LA UNI"
Repentinamente los “burros” se convierten en amos y señores de sus generaciones profesionales y los “listos” en barbajanes que buscan salvajemente vivir lo que nunca hicieron en años anteriores. Noviazgos de 1 semana, besuqueos fugaces, y hasta dramáticos personajes que aseguran que siempre han querido suicidarse. Lo digo porque lo he visto contadas ocasiones mientras trabajé en el área universitaria.
Pues bien, es tradición, al menos en lo que me ha tocado vivir, realizar convivencias “quezque” para “unir al grupo” al iniciar el primer año escolar de “los nuevos”. Normalmente estas tertulias fungen como oportunidad para embriagarse con gente hasta el momento desconocida, de algunos poco más veteranos(as) para ligarse a alguien más joven y que no conozca su reputación, y algunos que simplemente para doblegar esfuerzos en alcanzar Oceánica tan pronto como se pueda.
Siendo el último, el caso que más me interesa, y conociendo esa maldita característica mía de ignorar toda lógica y los peligros que un estado inconveniente acarrea, confieso encasillarme en la categoría de la pendejéz que llamaremos: “toy chavo, se me hizo fácil”.
Mi ingreso a la Universidad Autónoma se vio plagada los primero días de clase, de esas ya tan conocidas y frecuentes “dinámicas para conocernos”, en los que los docentes entran a los salones y organizan eventos ridiculizantes más similares a los concursos de los programas con Maribel Guardia y con peor sentido del humor que Mario Bezares. Sin embargo no todo fue tan retrógrado, sino que trajo consigo todo un seminario de ingestión alcohólica.
La fiesta transcurría como se suponía: con una dotación industrial de caguamas, reforzada por los ya folklóricos panalitos, que, al igual que las empleadas domésticas, son “la alegría del hogar”. La ingesta desmedida de aquél fermento, mezclada con lo que estaba a casi nada de ser un líquido para encender parrillas de barbacoa, llevó a algún simpático comensal a iniciar dentro de la reunión, una práctica que un servidor había dejado en el olvido, por ahí del tercer grado de primaria: la “bolita”.
Para quienes no conozcan tan simpática práctica, consiste en crear una “pila” de individuos que retozarán graciosamente con su total masa, unos sobre otros, encima de quien comunitariamente ha sido designado como un “cimiento” considerablemente sólido. Siendo un factor determinante el nivel de grados Guy Lussac en nuestros organismos, esos monumentos humanos asemejaban más a una canasta preparada charales de supermercado que una pirámide.
Un entrañable compañero de carrera, por cierto, propietario de la casa y alcohólico incomparable, recibió nuevamente el cariñoso apapacho de las humanidades encima de él y siendo yo el último en abalanzarme, decidí “coronar” el altero de personas con un espectacular lance. Recuerdo haber visto algo similar en un programa del Chavo del Ocho, así que tomé “vuelo”, y decidí dar algunos pasos (de esos que ya en esas condiciones sentía como aletazos de buzo) y brincar para ser la cereza del pastel humano que empezaba a desparramarse.
En ese instante, me di cuenta que la precisión y el alcohol son factores que no deben de mezclarse. Mi falta de control con respecto a la potencia del salto que debía de aplicar para atacar a la fuerza de gravidad que ya de por sí me ata al suelo, no fue la necesaria, sino que fue enormemente superior, en altura y longitud. Habría que imaginarme en un perfecto lance sobrepasando la altura del conglomerado de personas, admirar la “bolita” desde una vista aérea y lo que era peor, verme aterrizar encima de un pequeño plantío de rosales a un lado de mis compañeros. Afortunadamente el alcohol me sedaba y alguien intentó curar mis heridas con un chorrito de bacacho.
Espero que después de esto, nadie además de mí mantenga ese recuerdo en mente, o si alguien lo recuerda, no lo haga, literalmente en un lecho de rosas.
sábado, 2 de enero de 2010
ENCHILADA DE PELUQUERÍA
Normalmente los sábados inician de la misma manera: después de las 10 de la mañana y con olor a café huasteco. Lo ordinario de esta situación se vio trastocado por el enorme volumen de mi cabeza, no hacía más de un mes que me había cortado el cabello y hoy era irremediablemente más similar al pelo de un gato bodeguero.
La solución no era complicada, debía acudir con el individuo que comúnmente los hombres llamamos “peluquero” y que por alguna razón, las mujeres llaman “estilista”, no conozco aún la diferencia entre uno y otro, igual que no la distingo entre un ingeniero zootecnista y un agrónomo. Pero el caso es que a veces uno no contempla la necesidad de hacer cita o solicitar el apartado de un espacio en una lista de espera para poder pedir los 10 minutos que tardan en quitarme lo pachonchito de mi ya de por sí fea cabeza.
Pues bien, acudí al comentado lugar y tuve que hacer antesala por no contar con turno, junto con una horda de gente en pants y cuyas cabezas me hacían recordar al entrañable luchador Espectrito, o bien, a cualquier personaje de algún capítulo setentero de La Mujer Biónica. En ese inter, y sin el afán de entablar conversación alguna opté por tomar una revista que presentaba noticias de farándula y cuyo estado físico no denotaba vigencia alguna.
Entiendo que en muchas ocasiones no le doy importancia a muchas cosas, que no me importa lo que considero trivial, que lo que ocurra con algún tratado de libre comercio en Oceanía o con el descubrimiento de un nuevo marsupial me da exactamente lo mismo. Sin embargo, mi vida no altera su curso, no me causa expectativa, no me interesa, no me concierne y no me intriga en absoluto el hecho de que, como leí en tal revista, el hijo del Temerario ya tenga suficiente fuerza en sus extremidades inferiores como para caminar, o si el “Potrillo” (que a mi parecer es más una yegua) acabó la fiesta en deplorables condiciones acompañado de su vástago.
Intenté ignorar el hecho de que algún fotógrafo le diera tanta importancia y que siguiera a Galilea Montijo hasta Venecia para sacarle una foto del momento en que le entregan su anillo de compromiso y continué hojeando la revista (cabe aclarar que si no lo hacía, terminaría admirando un catálogo de cortes de cabello ochenteros como el de Michael Knight en “El Auto Increíble”) hasta toparme con un conjunto de cabellos, sólo Dios sabe de quién, que se deslizaron hasta caer encima de mi sudadera, cantidad suficiente para hacer un cepillo que me sirviera para bolear zapatos. Tal vez exagero, está bien. Me levanté y sacudí mi sudadera para dejar caer la “agradable sorpresa” al suelo y pasé a que me hicieran mi corte.
Lo primero que escuché de mi estilista fue “¿cómo lo vas a querer?”, al no ver tacos o huevos para cocinar, intuí que hablaba de mi cabello. Le expliqué con mi pobre léxico peluqueril la manera, que creo precisa, los detalles que igualmente yo, en mi entera persona, considero vitales para mi apariencia, por lo menos en lo que al cabello refiere. Y es aquí donde quiero exponer un gran dilema: si lo pido de una manera, ¿por qué me lo cortan de otra? Mi conocimiento sobre lo que es mejor para mí en ese ámbito es limitado, lo sé. Eso, claro, sin tomar en cuenta las porciones industriales de fijador que fueron impregnadas en mi cráneo y que en años anteriores me costaron la persecución de una abeja en pleno Centro Histórico. La recomendación posterior al proceso artesanal de moldeado de mi tapa de sesos fue que debía utilizar algún tratamiento para evitar la caída de mi cabello, mismo que contenía ingredientes naturales que más bien yo tomaría para aliviar un malestar estomacal o para castigar al peor de mis enemigos. Salí e inevitablemente me puse una gorra, para evitar que la gente pensara que lo parado de mis cabellos era por unas incontrolables ganas de asimilarme a alguno de los bailarines de La Academia, y me dirigí a mi casa para darme un regaderazo que disolviera el casi yeso que mantenía en total rigor mi cabeza.
No cabe duda que además de los dentistas, políticos y policías en general, hace falta agregar “estilista” al listado de profesiones que momentánea o definitivamente pueden arruinar tu existencia. Afortunadamente, vuelve a crecer.
MENÚ DE BIENVENIDA
La gastronomía mexicana tiene una variedad extraordinaria de platillos, desafortunadamente para nuestro grosor corporal, casi todas se componen de masa de maíz, sin embargo, simbólicamente cuentan con propiedades distintas, y aún más, en el decadente intelecto de un servidor.

