Normalmente los sábados inician de la misma manera: después de las 10 de la mañana y con olor a café huasteco. Lo ordinario de esta situación se vio trastocado por el enorme volumen de mi cabeza, no hacía más de un mes que me había cortado el cabello y hoy era irremediablemente más similar al pelo de un gato bodeguero.
La solución no era complicada, debía acudir con el individuo que comúnmente los hombres llamamos “peluquero” y que por alguna razón, las mujeres llaman “estilista”, no conozco aún la diferencia entre uno y otro, igual que no la distingo entre un ingeniero zootecnista y un agrónomo. Pero el caso es que a veces uno no contempla la necesidad de hacer cita o solicitar el apartado de un espacio en una lista de espera para poder pedir los 10 minutos que tardan en quitarme lo pachonchito de mi ya de por sí fea cabeza.
Pues bien, acudí al comentado lugar y tuve que hacer antesala por no contar con turno, junto con una horda de gente en pants y cuyas cabezas me hacían recordar al entrañable luchador Espectrito, o bien, a cualquier personaje de algún capítulo setentero de La Mujer Biónica. En ese inter, y sin el afán de entablar conversación alguna opté por tomar una revista que presentaba noticias de farándula y cuyo estado físico no denotaba vigencia alguna.
Entiendo que en muchas ocasiones no le doy importancia a muchas cosas, que no me importa lo que considero trivial, que lo que ocurra con algún tratado de libre comercio en Oceanía o con el descubrimiento de un nuevo marsupial me da exactamente lo mismo. Sin embargo, mi vida no altera su curso, no me causa expectativa, no me interesa, no me concierne y no me intriga en absoluto el hecho de que, como leí en tal revista, el hijo del Temerario ya tenga suficiente fuerza en sus extremidades inferiores como para caminar, o si el “Potrillo” (que a mi parecer es más una yegua) acabó la fiesta en deplorables condiciones acompañado de su vástago.
Intenté ignorar el hecho de que algún fotógrafo le diera tanta importancia y que siguiera a Galilea Montijo hasta Venecia para sacarle una foto del momento en que le entregan su anillo de compromiso y continué hojeando la revista (cabe aclarar que si no lo hacía, terminaría admirando un catálogo de cortes de cabello ochenteros como el de Michael Knight en “El Auto Increíble”) hasta toparme con un conjunto de cabellos, sólo Dios sabe de quién, que se deslizaron hasta caer encima de mi sudadera, cantidad suficiente para hacer un cepillo que me sirviera para bolear zapatos. Tal vez exagero, está bien. Me levanté y sacudí mi sudadera para dejar caer la “agradable sorpresa” al suelo y pasé a que me hicieran mi corte.
Lo primero que escuché de mi estilista fue “¿cómo lo vas a querer?”, al no ver tacos o huevos para cocinar, intuí que hablaba de mi cabello. Le expliqué con mi pobre léxico peluqueril la manera, que creo precisa, los detalles que igualmente yo, en mi entera persona, considero vitales para mi apariencia, por lo menos en lo que al cabello refiere. Y es aquí donde quiero exponer un gran dilema: si lo pido de una manera, ¿por qué me lo cortan de otra? Mi conocimiento sobre lo que es mejor para mí en ese ámbito es limitado, lo sé. Eso, claro, sin tomar en cuenta las porciones industriales de fijador que fueron impregnadas en mi cráneo y que en años anteriores me costaron la persecución de una abeja en pleno Centro Histórico. La recomendación posterior al proceso artesanal de moldeado de mi tapa de sesos fue que debía utilizar algún tratamiento para evitar la caída de mi cabello, mismo que contenía ingredientes naturales que más bien yo tomaría para aliviar un malestar estomacal o para castigar al peor de mis enemigos. Salí e inevitablemente me puse una gorra, para evitar que la gente pensara que lo parado de mis cabellos era por unas incontrolables ganas de asimilarme a alguno de los bailarines de La Academia, y me dirigí a mi casa para darme un regaderazo que disolviera el casi yeso que mantenía en total rigor mi cabeza.
No cabe duda que además de los dentistas, políticos y policías en general, hace falta agregar “estilista” al listado de profesiones que momentánea o definitivamente pueden arruinar tu existencia. Afortunadamente, vuelve a crecer.


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