lunes, 18 de enero de 2010

TORTA DE CAJETA "ENTRADA A LA UNI"

El proceso de ingreso a cualquier universidad es curioso. Todo mundo se desprende de los personajes que forjó años atrás en la preparatoria, secundaria, etc.
Repentinamente los “burros” se convierten en amos y señores de sus generaciones profesionales y los “listos” en barbajanes que buscan salvajemente vivir lo que nunca hicieron en años anteriores. Noviazgos de 1 semana, besuqueos fugaces, y hasta dramáticos personajes que aseguran que siempre han querido suicidarse. Lo digo porque lo he visto contadas ocasiones mientras trabajé en el área universitaria.
Pues bien, es tradición, al menos en lo que me ha tocado vivir, realizar convivencias “quezque” para “unir al grupo” al iniciar el primer año escolar de “los nuevos”. Normalmente estas tertulias fungen como oportunidad para embriagarse con gente hasta el momento desconocida, de algunos poco más veteranos(as) para ligarse a alguien más joven y que no conozca su reputación, y algunos que simplemente para doblegar esfuerzos en alcanzar Oceánica tan pronto como se pueda.
Siendo el último, el caso que más me interesa, y conociendo esa maldita característica mía de ignorar toda lógica y los peligros que un estado inconveniente acarrea, confieso encasillarme en la categoría de la pendejéz que llamaremos: “toy chavo, se me hizo fácil”.
Mi ingreso a la Universidad Autónoma se vio plagada los primero días de clase, de esas ya tan conocidas y frecuentes “dinámicas para conocernos”, en los que los docentes entran a los salones y organizan eventos ridiculizantes más similares a los concursos de los programas con Maribel Guardia y con peor sentido del humor que Mario Bezares. Sin embargo no todo fue tan retrógrado, sino que trajo consigo todo un seminario de ingestión alcohólica.
La fiesta transcurría como se suponía: con una dotación industrial de caguamas, reforzada por los ya folklóricos panalitos, que, al igual que las empleadas domésticas, son “la alegría del hogar”. La ingesta desmedida de aquél fermento, mezclada con lo que estaba a casi nada de ser un líquido para encender parrillas de barbacoa, llevó a algún simpático comensal a iniciar dentro de la reunión, una práctica que un servidor había dejado en el olvido, por ahí del tercer grado de primaria: la “bolita”.
Para quienes no conozcan tan simpática práctica, consiste en crear una “pila” de individuos que retozarán graciosamente con su total masa, unos sobre otros, encima de quien comunitariamente ha sido designado como un “cimiento” considerablemente sólido. Siendo un factor determinante el nivel de grados Guy Lussac en nuestros organismos, esos monumentos humanos asemejaban más a una canasta preparada charales de supermercado que una pirámide.
Un entrañable compañero de carrera, por cierto, propietario de la casa y alcohólico incomparable, recibió nuevamente el cariñoso apapacho de las humanidades encima de él y siendo yo el último en abalanzarme, decidí “coronar” el altero de personas con un espectacular lance. Recuerdo haber visto algo similar en un programa del Chavo del Ocho, así que tomé “vuelo”, y decidí dar algunos pasos (de esos que ya en esas condiciones sentía como aletazos de buzo) y brincar para ser la cereza del pastel humano que empezaba a desparramarse.
En ese instante, me di cuenta que la precisión y el alcohol son factores que no deben de mezclarse. Mi falta de control con respecto a la potencia del salto que debía de aplicar para atacar a la fuerza de gravidad que ya de por sí me ata al suelo, no fue la necesaria, sino que fue enormemente superior, en altura y longitud. Habría que imaginarme en un perfecto lance sobrepasando la altura del conglomerado de personas, admirar la “bolita” desde una vista aérea y lo que era peor, verme aterrizar encima de un pequeño plantío de rosales a un lado de mis compañeros. Afortunadamente el alcohol me sedaba y alguien intentó curar mis heridas con un chorrito de bacacho.
Espero que después de esto, nadie además de mí mantenga ese recuerdo en mente, o si alguien lo recuerda, no lo haga, literalmente en un lecho de rosas.

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