Mi primera orientadora vocacional fue la televisión, ya que se encargó de darme opciones y quitarme las mismas sobre mis expectativas profesionales. Todos los niños de mi edad teníamos una triada de alternativas casi invariable: veterinario, bombero y policía. En mi caso se agregaron a la lista: la música, la actuación, la medicina, la química (hasta que me dio clase en la preparatoria un tipo que llegaba alcoholizado y con camisas floreadas), la gastronomía y hasta el sacerdocio. Éste último se lo atribuyo a que desarrollé por meses una adicción a los Choco-Torros, así como a la repentina caída de un rompecabezas de madera sobre mi cráneo, afortunadamente salí salvo de ello y conocí a las mujeres.
Como le comento, la misma televisión se encargó de quitarme de la cabeza por lo menos las primeras 2, puesto que la tercera ha llevado un proceso vivencial mucho más largo y que precisamente le da razón al presente artículo. La pretensión de ser bombero se diluyó cuando vi alguna de esas películas exageradas ochenteras, donde los personajes se convertían en charamuscas humanas o su piel quedaba como una de esas galletas caseras de avena que hacen suponer que las fabricaron niños de APAC, dada su escasa geometría y su gran voluntad por ser esféricas.
La veterinaria se esfumó con esos programas igualmente ochenteros de la SEP que explicaban la vida en el campo, y que mostraban a un tipo que se enfundaba un guante de látex hasta más allá del codo y que sin miramientos o sensibilidad alguna, introducía su brazo por la cavidad seguramente más profunda de un rumiante y le ayudaba a desestreñirse. Desde entonces no veo a Clarabella con los mismos ojos y procuro desparasitarme periódicamente.
La idea de ser policía menguó cuando en la televisión el comisario Rosco de los Dukes de Hazzard estrellaba centenas de veces su auto en un árbol, en un carro de paletas, en donde sea. La ineptitud de los “señores justicia” se tornó empíricamente evidente al crecer y tener mis primeros enfrentamientos con estos hombres del orden. Debo aclarar que por lo menos en esta localidad no existen los policías, sino los “polecías”. En una ocasión, mientras realizaba labor social durante la preparatoria, en un hospital público de la ciudad de San Luis Potosí, platicaba con uno de ellos, quien estaba vigilando a un reo que había sido transferido ahí para tener un mejor trato médico. El tipo creyó que estaba siendo simpático cuando me encañonó con su revólver y yo miraba su carcajeante boca que evidenciaba un diente forrado de acero. No pasó nada, pero me recordó que en ese momento estaba muy alejado de padecer el mismo mal de la vaca y el tratamiento que años antes me hizo dejar de querer ser veterinario.
Con los individuos que se encargan del orden vial, o sea, los tránsitos, también tengo inconvenientes, el primero de ellos refiere a su escasez verbal, puesto que todo su discurso, sin temor en equivocarme al generalizar, depende de no más de 8 frases o términos, de los que ofreceré igualmente su definición:
1. “Reglamento”: pedazo de cuadernillo con páginas amarillentas que todos los oficiales cargan en su bolsillo trasero del pantalón, seguramente junto a una envoltura de Gansito, una tapa con alguna promoción de Coca-cola y un paliacate que sirve para retirar el sudor de su sien.
2. “Vehículo”: normalmente el automóvil en que el que uno viaja. Su aplicación generalmente va acompañada de las palabras “baje” o “descienda”, ésta última utilizada como oropel para solicitar la autoextracción del conductor, forzosamente voluntaria.
3. “Documentos”: Símbolo de capacidad de tránsito, facultad que permite a los ciudadanos contar con permiso para conducir, tarjeta para que el vehículo esté en regla y que es revisada minuciosamente por el agente, supongo que para ubicar apellidos y zona residencial, datos indispensables para tabular el monto de la mordida. Invariablemente cuentan con fotografías personales que evidencian la capacidad de crecimiento de las papadas, los ojos a medio cerrar o el malestar en el semblante, causado por la espera de 3 horas en asientos que cuentan con chicles pegados o que han sido calentados por el trasero de 120 personas previamente.
4. “Infracción”: Se usa indistintamente para hablar de la transgresión de una norma, como al fragmento de papel en que plagado de faltas de ortografía, anotan el nombre del criminal mientras le dicen a uno que su vehículo será consignado. Casi siempre dicen eso para asustar, cuestión que se culmina cuando uno le pide su nombre al oficial. En casi todas las ocasiones se paga este monto directamente al oficial, me imagino que tienen caja registradora dentro de la patrulla.
5. “Ora sí que”: Conjunción que se utiliza para hacer una especie de excepción inexistente. Por lo general va precedida de un “Psss” y se utiliza cada 2 enunciados, regularmente.
6. “Seguridá”: Lo mismo que seguridad y por lo general es la prevención de lo que los oficiales consideran puede ser dañino para el resto de la población, factores tan peligrosos como los que han matado a millones de personas, es decir, un faro que no prende, la falta de un espejo, la calcomanía o la carencia de la mortífera placa vehicular actualizada.
7. “Va a tener que acompañarnos”: Estímulo que pone al inculpado en desventaja, dada la amenaza. Normalmente se realiza con carencia de reglamento y se acompaña con la solicitud del conductor para saber el requerimiento monetario.
8. “Autoridá”: Tiene un parentesco de acentuación con “Seguridá”. Al igual que el Poder de Greyskull, habilita a los agentes para ver “más allá de lo evidente”, y así como Terminator, nutre (a los ya de por sí, súper nutridos oficiales) con sensores de alcoholímetro, radar de “velocidá”, detector de polución emergida de los escapes, y un par de listas en Excel donde vienen los tabuladores de mordida, así como la lista de los funcionarios públicos de la localidad.
La amabilidad y justicia de estos caballeros templarios (¿o “temblarios”?) fue evidente cuando condujeron en calidad de bulto a un trío de amigos a los separos del ministerio público. La suerte había favorecido al equipo de futbol mexicano frente al cuadro brasileño, así que el festejo por la calle era una acción “obligada”, pero lo que no era tan indispensable era llamarle “Geppetto” a un anciano que deambulaba por la acera. Resultó que el senecto caballero era el jefe de la policía en el periodo correspondiente, por lo que fueron detenidos inmediatamente, “calentados” y metidos tras las rejas hasta que el hijo del sobrino del vecino del padrino de alguien importante les ayudó a salir del calabozo, desde luego, no sin recibir una nueva “madrina”.
Aunado a estos casos se agregan muchísimos otros que incluyen el rodeo de una fiesta de cumpleaños donde estuve tocando, la golpiza que le propinaron a una pobre mujer en el baño de un bar, el atravesar un poste de luz, varios retenes locales y uno en Monterrey donde terminé parado a la deriva en la mitad de la carretera inmediatamente después de haber salido del quirófano por una operación de ojos, algunas multas de tránsito, entre cantidad de cosas. Lo cierto es que si algo me llamó la atención de la policía fue haber visto películas heroicas en televisión y si algo me la quitó fue la cruda vivencia. La realidad es que en ocasiones, andar en la calle y toparme con un policía ha sido como salir a la jungla y toparme con un animal salvaje. No puedo sacarme de la cabeza a esa pobre vaca…
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