Mi vecino me espía y no sé qué tiene de interesante hacerlo. El tipo perdió su trabajo hace más de un año y por su edad nadie lo emplea. Ahora, ocupa su tiempo en sentarse en una ventana que da hacia la calle frente a donde mi morada se ubica, y carga con un par de binoculares. Al principio pensé que era un odioso que revisaba la seguridad de la cuadra, pero cuando lo vi deshacerse de una montaña de escombro de 2 metros que se encontraba frente a su propiedad, empacando como 500 bolsitas con pedacitos de piedra y depositar una por una en el contenedor de basura, me di cuenta que algo andaba mal.
¿Que para qué todo este preámbulo? Pues sólo para exponer la idea que me aqueja el día de hoy. Somos la medida de lo que consideramos extraño. Si puedo ahora confesar algo, colecciono cosas pequeñas y curiosas y no soporto tener un moco duro dentro de mis fosas nasales. Tengo además una colección de 50 peluches de pato que distintas personas me han obsequiado y no soporto el sonido del unicel. Dentro de mis filias y fobias creo que soy relativamente normal, exceptuando la cantidad de alteraciones vivenciales que me rodean y que termino considerando común hasta que realizo un examen de conciencia momentos después de que ocurren.
En una ocasión, caminaba de la universidad a la casa cuando una mujer me dijo “adiós” al pasar a un costado mío. Pensé que podría conocerla, y como buen enfermo de idiotismo, volteé con una sonrisa. Luego la mujer me dijo “hola chiquito”, pensé que me conocería de hace tiempo, porque tenía la edad de mi madre, así que contesté “hola”. Luego de varios segundos empecé a dudar que la pronunciación de ese “chiquito” no había sido más tierna que fogosa, pero de cualquier forma ya había saludado y me encontraba parado en la acera con mi cuaderno bajo el brazo, (Aquí hago la aclaración que cursé totalmente mi carrera con 1 cuaderno. No entiendo porqué), pero luego dijo “estás bien bueno… chiquito” mientras fruncía los labios como Johny Laboriel en cualquier programa de televisión. Empecé a pensar que no se refería a mi condición de salud, así que entré en la disyuntiva de si moverme o qué decir. La mujer se enjuagaba los labios como cuando uno se atasca uno de esos mangos petacones que son tan grandes que la boca no te alcanza para asestar una sustanciosa mordida. Decidí que era tiempo de irme (aclaro que la sonrisa permaneció en mi faz hasta que había avanzado una cuadra) así que emprendí el camino de regreso con la impresión de haber sido ultrajado moralmente. Obviamente, no conocía a la mujer y mi sonrisa se complementó con el fruncir de mi entrecejo.
Mi problema muchas veces con esto, es que no entiendo, y desafortunadamente tengo la manía de querer entender todo. El segundo día que impartí clase en la institución donde laboro, encontré un árbol dentro del salón. Eso sería normal en el Bosque Mágico o en un capítulo de Kissyfur, pero no aquí. La cosa se complicó cuando noté que uno de mis alumnos le aventaba escasas cantidades de agua con un cono de papel mientras le suplicaba “no te mueras”. La clase no continuó hasta que pedí que lo sacaran y se deshicieran de él. Algunos lo intentaron plantar de nuevo en el centro del patio. Pero era inútil… estaba muerto.
En otra ocasión, al no resistir ese ímpetu por desahogar mi vejiga, me vi forzado a ingresar al hotel Westin de la localidad para digamos… aligerar la carga. Al entrar al frío baño con cielos pintados en el techo cupular, para que no suene mal: “eché a andar el dispositivo de evacuación”, notando que el drenado era efectivo y de cantidades magnánimas. Alguien llegó a mi lado e hizo lo propio. Había más personas en el baño de repente, detrás de nosotros. Siendo honestos, venía de la fiesta de inicio de cursos de la universidad, así que mi hígado no había aún terminado de asimilar la cantidad de alcohol que corría por mi organismo. Así que en algún momento pensé que a mi parecer, mi trasero era pequeño y nada espectacular, pero tal vez a alguien le podría parecer lo contrario. Lo malo es que era dentro del baño de hombres del hotel. Una vez que el contenedor estaba vacío, procedí a lavarme las manos. Cuando salí me dijeron: “¿No viste que era Alejandro Fernández quien orinaba a un lado de ti?”. Al final algunos compañeros le pidieron un autógrafo, yo hice lo propio solicitando uno para mi hermano, quien sí le conocía mejor. En este caso, el raro fui yo. Tampoco me he considerado jamás, muy normal que digamos.
Para terminar este mamotreto, voy a narrar, so riesgo de sufrir un espasmo que me lleve a un psicólogo, una de las más experiencias que me han marcado y que de alguna manera, en algunos conocidos causa una hilaridad que me preocupa. Volviendo de laborar un viernes por la noche, un compañero de trabajo y yo, viajábamos en mi entonces vehículo, un vocho amarillo ’86 que prácticamente parí y saqué de la chatarrez, pues fue mi primer automóvil. Estuvimos parados en un alto, el tiempo reglamentario desde luego, y yo encabezaba la fila de coches que arrancarían apenas el color del semáforo realizara el cambio. Yo debía de dar vuelta por la calle hacia la izquierda, una avenida con camellón. Se dio el turno de avanzar y realicé lo propio mientras mantenía mi cigarrillo fuera de la ventana. Al girar, sentí un sopapo en mi rostro mientras volteaba por el retrovisor para darme cuenta que un infeliz-malparido-sabandija-mequetrefe-mongol-hijo de Susana Babích, corría para internarse en una de las calles que se encontraba detrás de mí. Mi compañero preguntaba asustado “¿Qué pasó?, ¿Qué pasó?”, yo seguía avanzando mientras con una mano intentaba husmear en el suelo del automóvil hasta que me topé con una masa aguada y viscosa. Por mi mente pasaron una cantidad incalculable de opciones: una rata podrida, una placenta, una bolsa de estiércol, un pedazo de hígado de oveja (sé que es raro, por eso dije que yo tampoco soy muy normal), o inclusive que estaba muerto a causa del golpe y que mi cuerpo yacía inerte frente al volante mientras mi alma se había desdoblado de mi integridad física. Mi compañero me acompañó en el momento de estacionarme, a revisar qué era lo que había ocurrido. La identidad del objeto volador que había asestado contra mi mejilla izquierda no era más que una torta de frijoles. Sí, una torta de frijoles. Me tomé la molestia de revisarla. ¿Quién es agredido con una torta de frijoles? Esa opción no estaba dentro de mis figuraciones, pero causó un sin sabor en mí, que me hace pensar en qué clase de persona es capaz de tomar un bolillo, untarlo con estas leguminosas, disponer de una pequeña capa de queso, para después utilizarlo como proyectil al primer vocho amarillo que encontrara. Claro que el coche quedó lleno de migajas. Sólo espero que el día en que encuentre a ese malparido, me dé la oportunidad de hacer lo mismo, pero esta vez con una caja de piloncillos, o un par de kilos de camote.
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1 comentarios:
JAJA,pues la verdad esa historia del tortafrijolaso que te metieron ,pues mi unica solucion para el tipo que arrojo la tota es que tal vez te vio con hambre saúl.
jaja
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