¿Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad? Yo no lo creo, sobre todo porque durante la embriaguez podemos llegar a generar un microuniverso donde las leyes de la lógica y la física se comportan diferente, en comparación con lo que ocurre de manera ordinaria, o más bien, sobria.
Pues bien, en ocasiones, ingresando al mundo mágico de lo etílico-supranatural (ya había dicho que las leyes de la física pasan a segundo plano ¿verdad?) encontramos que ciertos actos parecen muy normales, evidentes, posibles, y si queda una pizca aún de nuestro “super yo” lo exterminamos diciendo “¿Por qué no?”.
Mientras estuve en la universidad conocí a muchísima gente, una muy buena amiga que desafortunadamente ya no vive en México me contó de un viaje familiar a la playa. Dado que la situación iba a ser totalmente familiar y que sus hermanos son mucho más chicos que ella, su prima le presentó a otros amigos que se ocuparían de pasearla por la playa y hacer su estancia mucho más placentera. Así acudió una tarde al alegre convivio por las paradisiacas playas y acompañó dicho viaje con unas Pacífico bien muertas. En vista de que empezaron el tour muy temprano, igualmente terminó temprano, una de esas reuniones en que la resaca llega a las 11 de la noche y hace la vida imposible. Al llegar aproximadamente a las 10 de la noche a la casa donde se estaba quedando su familia, no pudo dejar de notar que debía atravesar el hall donde TODOS estaban viendo la televisión. Aquí es donde nuestra amiga entra a un mundo que se encuentra en medio de la Dimensión Desconocida y el Museo del Cus Cus. En su absurda condición se dijo a sí misma “Córcholis, toda la familia está viendo la televisión, y yo estoy haciendo mucho ruido, se darán cuenta que estoy ebria. Ya sé! Me quitaré los pantalones para hacer menos alboroto y que no se note mi embriaguez”. Y así fue como ocurrió. Nada más pacheco que ver salir a mi amiga del baño sin pantalones, con botas, tambalearse, atravesar el hall ante la impávida mirada de la totalidad de la familia, y despedirse con un general “estoy muy cansada, buenas noches a todos”, mientras desparecía en paños menores subiendo la escalera.
Otro amigo llegó a un nivel aún superior: confundió la realidad con el sueño. La crónica inicia cuando en medio de un solo de guitarra en un ya extinto recinto de la ciudad, se encontraba tan ebrio que supuso que luego de un espectacular lance, estaba tocando, pero no: se encontraba hincado en el suelo con la guitarra zumbando hasta que su vocalista le dio una patada para que despertara y continuara la canción. Alguna vez toqué con alguien que se le ocurrió admirar su guitarra y decidir que era hermosa mientras el resto del grupo esperábamos que despertara de su idilio amoroso con su instrumento y continuara con la maldita canción. El hombre la levantaba hacia la luz del escenario, le daba vueltas, haciendo una de esas caras que sólo vemos cuando la foto no ha salido en pose, cuando apenas vamos poniendo nuestro mejor ángulo para el disparo. El problema era que mi amigo la mantenía constante, una cara de llama peruana a medio masticar.
Cuando no había trabajo para el grupo en la ciudad, afortunadamente aparecieron oportunidades para tocar en pequeños poblados cercanos. Uno de ellos lleva el nombre de “Cerritos”, la capital del mundo. El lugar tiene la característica de tener un porcentaje enorme de gente trabajando ilegalmente en los Estados Unidos, todos ellos hombres, por lo que el pueblo está enormemente cargado de mujeres, y los pocos machos que quedan, son terriblemente celosos. Nos contrató un individuo que poseía uno de los dos centros nocturnos del lugar, que se dedicaba a la música norteña, pero que un buen día se le ocurrió contratar a un grupo de rock. Acudimos y nos topamos con uno de los equipos instalados más sofisticados con los que hemos tocado. La pared escurría de alacranes y escorpiones y nos colocaron encima de una plataforma que temblaba si movías un pié. La tocada se anunció hasta con camionetas con altavoces. El lugar se llenó y fuera de un individuo que recientemente acababa de salir de la cárcel y que le encontraron un cuchillo cebollero escondido dentro de la bota, y de un sujeto que golpeó despiadadamente a una mujer en el baño de las féminas, no hubo mayor lío en aquella noche. Nos dieron toda la cerveza que quisiéramos, y para cerrar con la maravillosa noche, nos invitaron a una reunión en la finca del dueño, a unos 20 minutos de ahí. Al llegar nos topamos con una granja de avestruces. La gente nos respetaba y al entrar parecía como cuando los luchadores entran al ring, la gente les aplaude, otros les gritan, pero podíamos sentir el ingreso de un grupo de héroes de guerra cuyo pueblo recibe con gran algarabía. Yo ocupaba el segundo lugar en la fila de entrada, delante de mí, un buen amigo cuya estatura excede los límites reglamentarios para ocupar un auto común y corriente. Fue cuestión de tornar un poco la cabeza para que al volver a mirar hacia adelante, mi enorme amigo hubiera desaparecido como por arte de magia. ¿A dónde se había ido? Hacía no más de medio segundo que estaba frente a mí. El hombre había caído en una excavación en el suelo que había sido diseñada para cocinar borregos y preparar barbacoa de hoyo. La imagen de los rock stars ingresando al backstage se fusionó con la alharaca de la gente que admiraba la salida más rápida de un gigante de dentro de un agujero para barbacha. Luego de eso, ya entrada la gente en copas, empezaron a escucharse muy cerca ráfagas de metralletas. Todo mundo se encontraba tranquilo, sólo nosotros 4 nos sentíamos como en un ataque terrorista. Resulta que a la gente del lugar le encanta embriagarse, y dedicarse a disparar a quemarropa hacia el monte. Nosotros optamos por cubrirnos con los tranquilos comensales, no vaya a ser que una bala perdida nos tocara, nomás por error.
Un servidor ha cometido una buena cantidad de tonterías, en alguna ocasión se me ocurrió organizar una fiesta para mis alumnos en un antro que se había instalado en una antigua casa cerca del centro de la ciudad. El lugar se había acondicionado a través de varias habitaciones, algunas privadas, algunas públicas, etc. No recuerdo en qué momento perdí la noción de mi ingesta etílica. Cuando nos íbamos, pagué mi cuenta y me disponía a alcanzar a los amigos que ya me esperaban fuera del lugar. Recorrí cuarto tras cuarto, me fue imposible encontrar la salida, daba vueltas en círculos. Tuve que optar por encontrarme a un par de alumnas y solicitarles que fueran tan amables de llevarme fuera del lugar.Me acompañaron tomándome una de cada brazo como si fuera Hugh Hefner en la mansión Playboy. Nunca me lo han echado en cara. Ojalá nunca lo hagan.
jueves, 8 de abril de 2010
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