martes, 29 de junio de 2010

Torticías

Mi primera orientadora vocacional fue la televisión, ya que se encargó de darme opciones y quitarme las mismas sobre mis expectativas profesionales. Todos los niños de mi edad teníamos una triada de alternativas casi invariable: veterinario, bombero y policía. En mi caso se agregaron a la lista: la música, la actuación, la medicina, la química (hasta que me dio clase en la preparatoria un tipo que llegaba alcoholizado y con camisas floreadas), la gastronomía y hasta el sacerdocio. Éste último se lo atribuyo a que desarrollé por meses una adicción a los Choco-Torros, así como a la repentina caída de un rompecabezas de madera sobre mi cráneo, afortunadamente salí salvo de ello y conocí a las mujeres.

Como le comento, la misma televisión se encargó de quitarme de la cabeza por lo menos las primeras 2, puesto que la tercera ha llevado un proceso vivencial mucho más largo y que precisamente le da razón al presente artículo. La pretensión de ser bombero se diluyó cuando vi alguna de esas películas exageradas ochenteras, donde los personajes se convertían en charamuscas humanas o su piel quedaba como una de esas galletas caseras de avena que hacen suponer que las fabricaron niños de APAC, dada su escasa geometría y su gran voluntad por ser esféricas.

La veterinaria se esfumó con esos programas igualmente ochenteros de la SEP que explicaban la vida en el campo, y que mostraban a un tipo que se enfundaba un guante de látex hasta más allá del codo y que sin miramientos o sensibilidad alguna, introducía su brazo por la cavidad seguramente más profunda de un rumiante y le ayudaba a desestreñirse. Desde entonces no veo a Clarabella con los mismos ojos y procuro desparasitarme periódicamente.

La idea de ser policía menguó cuando en la televisión el comisario Rosco de los Dukes de Hazzard estrellaba centenas de veces su auto en un árbol, en un carro de paletas, en donde sea. La ineptitud de los “señores justicia” se tornó empíricamente evidente al crecer y tener mis primeros enfrentamientos con estos hombres del orden. Debo aclarar que por lo menos en esta localidad no existen los policías, sino los “polecías”. En una ocasión, mientras realizaba labor social durante la preparatoria, en un hospital público de la ciudad de San Luis Potosí, platicaba con uno de ellos, quien estaba vigilando a un reo que había sido transferido ahí para tener un mejor trato médico. El tipo creyó que estaba siendo simpático cuando me encañonó con su revólver y yo miraba su carcajeante boca que evidenciaba un diente forrado de acero. No pasó nada, pero me recordó que en ese momento estaba muy alejado de padecer el mismo mal de la vaca y el tratamiento que años antes me hizo dejar de querer ser veterinario.

Con los individuos que se encargan del orden vial, o sea, los tránsitos, también tengo inconvenientes, el primero de ellos refiere a su escasez verbal, puesto que todo su discurso, sin temor en equivocarme al generalizar, depende de no más de 8 frases o términos, de los que ofreceré igualmente su definición:

1. “Reglamento”: pedazo de cuadernillo con páginas amarillentas que todos los oficiales cargan en su bolsillo trasero del pantalón, seguramente junto a una envoltura de Gansito, una tapa con alguna promoción de Coca-cola y un paliacate que sirve para retirar el sudor de su sien.

2. “Vehículo”: normalmente el automóvil en que el que uno viaja. Su aplicación generalmente va acompañada de las palabras “baje” o “descienda”, ésta última utilizada como oropel para solicitar la autoextracción del conductor, forzosamente voluntaria.

3. “Documentos”: Símbolo de capacidad de tránsito, facultad que permite a los ciudadanos contar con permiso para conducir, tarjeta para que el vehículo esté en regla y que es revisada minuciosamente por el agente, supongo que para ubicar apellidos y zona residencial, datos indispensables para tabular el monto de la mordida. Invariablemente cuentan con fotografías personales que evidencian la capacidad de crecimiento de las papadas, los ojos a medio cerrar o el malestar en el semblante, causado por la espera de 3 horas en asientos que cuentan con chicles pegados o que han sido calentados por el trasero de 120 personas previamente.

4. “Infracción”: Se usa indistintamente para hablar de la transgresión de una norma, como al fragmento de papel en que plagado de faltas de ortografía, anotan el nombre del criminal mientras le dicen a uno que su vehículo será consignado. Casi siempre dicen eso para asustar, cuestión que se culmina cuando uno le pide su nombre al oficial. En casi todas las ocasiones se paga este monto directamente al oficial, me imagino que tienen caja registradora dentro de la patrulla.

5. “Ora sí que”: Conjunción que se utiliza para hacer una especie de excepción inexistente. Por lo general va precedida de un “Psss” y se utiliza cada 2 enunciados, regularmente.

6. “Seguridá”: Lo mismo que seguridad y por lo general es la prevención de lo que los oficiales consideran puede ser dañino para el resto de la población, factores tan peligrosos como los que han matado a millones de personas, es decir, un faro que no prende, la falta de un espejo, la calcomanía o la carencia de la mortífera placa vehicular actualizada.

7. “Va a tener que acompañarnos”: Estímulo que pone al inculpado en desventaja, dada la amenaza. Normalmente se realiza con carencia de reglamento y se acompaña con la solicitud del conductor para saber el requerimiento monetario.

8. “Autoridá”: Tiene un parentesco de acentuación con “Seguridá”. Al igual que el Poder de Greyskull, habilita a los agentes para ver “más allá de lo evidente”, y así como Terminator, nutre (a los ya de por sí, súper nutridos oficiales) con sensores de alcoholímetro, radar de “velocidá”, detector de polución emergida de los escapes, y un par de listas en Excel donde vienen los tabuladores de mordida, así como la lista de los funcionarios públicos de la localidad.

La amabilidad y justicia de estos caballeros templarios (¿o “temblarios”?) fue evidente cuando condujeron en calidad de bulto a un trío de amigos a los separos del ministerio público. La suerte había favorecido al equipo de futbol mexicano frente al cuadro brasileño, así que el festejo por la calle era una acción “obligada”, pero lo que no era tan indispensable era llamarle “Geppetto” a un anciano que deambulaba por la acera. Resultó que el senecto caballero era el jefe de la policía en el periodo correspondiente, por lo que fueron detenidos inmediatamente, “calentados” y metidos tras las rejas hasta que el hijo del sobrino del vecino del padrino de alguien importante les ayudó a salir del calabozo, desde luego, no sin recibir una nueva “madrina”.

Aunado a estos casos se agregan muchísimos otros que incluyen el rodeo de una fiesta de cumpleaños donde estuve tocando, la golpiza que le propinaron a una pobre mujer en el baño de un bar, el atravesar un poste de luz, varios retenes locales y uno en Monterrey donde terminé parado a la deriva en la mitad de la carretera inmediatamente después de haber salido del quirófano por una operación de ojos, algunas multas de tránsito, entre cantidad de cosas. Lo cierto es que si algo me llamó la atención de la policía fue haber visto películas heroicas en televisión y si algo me la quitó fue la cruda vivencia. La realidad es que en ocasiones, andar en la calle y toparme con un policía ha sido como salir a la jungla y toparme con un animal salvaje. No puedo sacarme de la cabeza a esa pobre vaca…

Taco Nuestro de Cada Día #13

Melmac no existe

domingo, 13 de junio de 2010

Taco Nuestro de Cada Día #12

No existe objeto alguno, estado de ánimo o nomenclatura en el castellano que refiera a la palabra "Sonomás". Dicho ficticio vocablo roba fonemas de la palabra "queso" y "nomás", así, tendremos: que "No hay de queSO NOmás de papa".

jueves, 10 de junio de 2010

Torta-Zo

Mi vecino me espía y no sé qué tiene de interesante hacerlo. El tipo perdió su trabajo hace más de un año y por su edad nadie lo emplea. Ahora, ocupa su tiempo en sentarse en una ventana que da hacia la calle frente a donde mi morada se ubica, y carga con un par de binoculares. Al principio pensé que era un odioso que revisaba la seguridad de la cuadra, pero cuando lo vi deshacerse de una montaña de escombro de 2 metros que se encontraba frente a su propiedad, empacando como 500 bolsitas con pedacitos de piedra y depositar una por una en el contenedor de basura, me di cuenta que algo andaba mal.

¿Que para qué todo este preámbulo? Pues sólo para exponer la idea que me aqueja el día de hoy. Somos la medida de lo que consideramos extraño. Si puedo ahora confesar algo, colecciono cosas pequeñas y curiosas y no soporto tener un moco duro dentro de mis fosas nasales. Tengo además una colección de 50 peluches de pato que distintas personas me han obsequiado y no soporto el sonido del unicel. Dentro de mis filias y fobias creo que soy relativamente normal, exceptuando la cantidad de alteraciones vivenciales que me rodean y que termino considerando común hasta que realizo un examen de conciencia momentos después de que ocurren.

En una ocasión, caminaba de la universidad a la casa cuando una mujer me dijo “adiós” al pasar a un costado mío. Pensé que podría conocerla, y como buen enfermo de idiotismo, volteé con una sonrisa. Luego la mujer me dijo “hola chiquito”, pensé que me conocería de hace tiempo, porque tenía la edad de mi madre, así que contesté “hola”. Luego de varios segundos empecé a dudar que la pronunciación de ese “chiquito” no había sido más tierna que fogosa, pero de cualquier forma ya había saludado y me encontraba parado en la acera con mi cuaderno bajo el brazo, (Aquí hago la aclaración que cursé totalmente mi carrera con 1 cuaderno. No entiendo porqué), pero luego dijo “estás bien bueno… chiquito” mientras fruncía los labios como Johny Laboriel en cualquier programa de televisión. Empecé a pensar que no se refería a mi condición de salud, así que entré en la disyuntiva de si moverme o qué decir. La mujer se enjuagaba los labios como cuando uno se atasca uno de esos mangos petacones que son tan grandes que la boca no te alcanza para asestar una sustanciosa mordida. Decidí que era tiempo de irme (aclaro que la sonrisa permaneció en mi faz hasta que había avanzado una cuadra) así que emprendí el camino de regreso con la impresión de haber sido ultrajado moralmente. Obviamente, no conocía a la mujer y mi sonrisa se complementó con el fruncir de mi entrecejo.

Mi problema muchas veces con esto, es que no entiendo, y desafortunadamente tengo la manía de querer entender todo. El segundo día que impartí clase en la institución donde laboro, encontré un árbol dentro del salón. Eso sería normal en el Bosque Mágico o en un capítulo de Kissyfur, pero no aquí. La cosa se complicó cuando noté que uno de mis alumnos le aventaba escasas cantidades de agua con un cono de papel mientras le suplicaba “no te mueras”. La clase no continuó hasta que pedí que lo sacaran y se deshicieran de él. Algunos lo intentaron plantar de nuevo en el centro del patio. Pero era inútil… estaba muerto.

En otra ocasión, al no resistir ese ímpetu por desahogar mi vejiga, me vi forzado a ingresar al hotel Westin de la localidad para digamos… aligerar la carga. Al entrar al frío baño con cielos pintados en el techo cupular, para que no suene mal: “eché a andar el dispositivo de evacuación”, notando que el drenado era efectivo y de cantidades magnánimas. Alguien llegó a mi lado e hizo lo propio. Había más personas en el baño de repente, detrás de nosotros. Siendo honestos, venía de la fiesta de inicio de cursos de la universidad, así que mi hígado no había aún terminado de asimilar la cantidad de alcohol que corría por mi organismo. Así que en algún momento pensé que a mi parecer, mi trasero era pequeño y nada espectacular, pero tal vez a alguien le podría parecer lo contrario. Lo malo es que era dentro del baño de hombres del hotel. Una vez que el contenedor estaba vacío, procedí a lavarme las manos. Cuando salí me dijeron: “¿No viste que era Alejandro Fernández quien orinaba a un lado de ti?”. Al final algunos compañeros le pidieron un autógrafo, yo hice lo propio solicitando uno para mi hermano, quien sí le conocía mejor. En este caso, el raro fui yo. Tampoco me he considerado jamás, muy normal que digamos.

Para terminar este mamotreto, voy a narrar, so riesgo de sufrir un espasmo que me lleve a un psicólogo, una de las más experiencias que me han marcado y que de alguna manera, en algunos conocidos causa una hilaridad que me preocupa. Volviendo de laborar un viernes por la noche, un compañero de trabajo y yo, viajábamos en mi entonces vehículo, un vocho amarillo ’86 que prácticamente parí y saqué de la chatarrez, pues fue mi primer automóvil. Estuvimos parados en un alto, el tiempo reglamentario desde luego, y yo encabezaba la fila de coches que arrancarían apenas el color del semáforo realizara el cambio. Yo debía de dar vuelta por la calle hacia la izquierda, una avenida con camellón. Se dio el turno de avanzar y realicé lo propio mientras mantenía mi cigarrillo fuera de la ventana. Al girar, sentí un sopapo en mi rostro mientras volteaba por el retrovisor para darme cuenta que un infeliz-malparido-sabandija-mequetrefe-mongol-hijo de Susana Babích, corría para internarse en una de las calles que se encontraba detrás de mí. Mi compañero preguntaba asustado “¿Qué pasó?, ¿Qué pasó?”, yo seguía avanzando mientras con una mano intentaba husmear en el suelo del automóvil hasta que me topé con una masa aguada y viscosa. Por mi mente pasaron una cantidad incalculable de opciones: una rata podrida, una placenta, una bolsa de estiércol, un pedazo de hígado de oveja (sé que es raro, por eso dije que yo tampoco soy muy normal), o inclusive que estaba muerto a causa del golpe y que mi cuerpo yacía inerte frente al volante mientras mi alma se había desdoblado de mi integridad física. Mi compañero me acompañó en el momento de estacionarme, a revisar qué era lo que había ocurrido. La identidad del objeto volador que había asestado contra mi mejilla izquierda no era más que una torta de frijoles. Sí, una torta de frijoles. Me tomé la molestia de revisarla. ¿Quién es agredido con una torta de frijoles? Esa opción no estaba dentro de mis figuraciones, pero causó un sin sabor en mí, que me hace pensar en qué clase de persona es capaz de tomar un bolillo, untarlo con estas leguminosas, disponer de una pequeña capa de queso, para después utilizarlo como proyectil al primer vocho amarillo que encontrara. Claro que el coche quedó lleno de migajas. Sólo espero que el día en que encuentre a ese malparido, me dé la oportunidad de hacer lo mismo, pero esta vez con una caja de piloncillos, o un par de kilos de camote.

domingo, 6 de junio de 2010

Taco Nuestro de Cada Día No. 10

Los pájaros cuentan con un sexto sentido similar al de las mujeres. Sólo que a ellos les sirve exclusivamente para defecar encima de lo que los humanos consideramos importante.

Taco Nuestro de Cada Día No. 9

Al volver de una noche de copas, revisa siempre que en tu cama no haya quedado imperceptible a tu dispersa mirada, un gancho para la ropa. Éste puede causar un severo malestar muscular unas horas después, una vez que despiertes dentro de tus nuevos fórceps.

sábado, 5 de junio de 2010

Taco Nuestro de Cada Día No. 8

A pesar de su parentezco doméstico, los perros y los gatos son muy distintos. Los caninos no caen parados si los avientas de una azotea