viernes, 30 de abril de 2010

Torta de Cajeta "Tortanimales"

Además de policías, ejército y una cantidad industrial de automovilistas, los animales y su nominación conforman uno de los más grandes grupos de seres vivos en este planeta. No tengo presente mi primer encuentro con ellos, sin embargo mi casa ha sido un criadero voluntario de patos, pericos, guajolotes, peces, tortugas, ratas blancas, etc., e involuntario de cucarachas antenudas y hediondas, ardillas huérfanas, búhos hambreados, gatos a escasos centímetros de ser monteses, ratas a escasos milímetros de ser canguros, y en algún momento hasta un halcón que se le ocurrió venir a darse una vuelta a mi jardín a ver si se encontraba con un conejito o un anciano en las últimas.

De entre los encuentros que he tenido o que mis amigos han tenido con los integrantes de este reino, algunos de ellos y un servidor discutíamos al calor del delicioso elixir de cebada, sobre aquellos encuentros que se tornan por demás bizarros, por ejemplo: ¿Sabía Usted que los loros tienen finales fatídicos? Brotaron anécdotas sobre algunos que murieron congelados, otros que se ahorcaron con agujetas (definitivamente los tenis no eran del loro, así que sospecho de un cómplice en todo esto) hasta aquél que en mi sacro santo hogar murió devorado vivo por una marabunta de hormigas que treparon el durazno donde colgaba su jaula. Los periquitos de amor o periquitos australianos (loritus madrecitus) de menores dimensiones, son llamados así porque dicen que no pueden sobrevivir sin su pareja, cosa que es totalmente falsa. Mi familia ha tenido varios y la gran mayoría sobreviven solteros un buen rato hasta que un día amanecen tiesos y con esa mirada de… bueno, sin mirada porque se les quedan los ojos como de niño autista en terapia. Una de ellas, la recordamos con el nombre de “Caritina”, falleció podría decirse que “en el parto”, porque cuando la encontramos tenía medio huevo atravesado en el rabo, a medio salir, por irónico que parezca, le faltaron los mismos pa’ sacarlo a presión. En otra ocasión, básicamente mi culpa, se me olvidó taparlos en una tarde de intensísimo calor, por lo que la asoleada provocó la muerte de 5 de 7 periquitos en condiciones de inmigrante en el desierto de Sonora, uno hasta la cabeza sacaba de la jaula buscando un chorrito de agua. Los esfuerzos de mi madre por salvarlos fueron infructíferos, y mi vergüenza por haber cometido tamaño error, mayor aún. Sonado también es el caso de de un periquito que asesinó a su propio hermano, lo encontramos picoteando el cadáver por lo que no fue necesario buscar al asesino, lo atrapamos infraganti, circunstancia que le valió el nombre de “Caín”.

“Toñito” era el nombre del gato de un amigo. A escasos días de nacido fue llevado a una amplia pradera donde podría jugar, correr, saltar y hacer de esa escena, fuente de inspiración para una postal virtual de Gusanito.com o imagen de calcomanías de niñas obesas y mimadas. El diminuto felino disfrutaba de su contacto con la vida frugal y silvestre cuando su dueño le llamó, señal a la que “Antonio el pequeño” acudió gustoso. El inconveniente vino cuando en la loca carrera por volver a su amo, pasó por la segadora del rancho, aparatejo que le dividió, seccionó, distribuyó, o para que me entienda, le rebanó totalmente lanzándolo después a los pies de mi amigo que en su tierna infancia perdió a su ronroneante compañero (Alex Syntek podría cantar en este momento “me basta una pequeña parte de tiiiiiii”) en una suerte campirana, y que estoy seguro que le recuerda cada vez que pide un maki o que saca 2 o más piezas de pan Bimbo de la bolsa.

Y hablando de gatos, es cierto que la curiosidad acabó con él. En cierta ocasión uno de ellos atascó accidentalmente su cabeza dentro de los tubos de desagüe en la azotea de un compadrazo mío. Como pasó el tiempo y el animalejo no tenía alimento, pues falleció de inanición a los pocos días, y entró en esa etapa de putrefacción que provoca el aumento de volumen del cuerpo del occiso, y lo que es peor, nadie notó su ausencia. No cuento con el dato preciso de la fecha del descubrimiento, pero sé que este buen camarada tomaba un regaderazo cuando un pequeño objeto serpenteante cayó en su cabeza. Luego de enjuagar su asqueroso pelambre notó que lo que le había caído era un pequeño gusano y que no era el único, había más pendientes de la “cebollita” de la regadera, razón por la que presuroso acudió a lo alto de su casa-habitación para inspeccionar la razón de tan extraño suceso. Sorpresivamente se encontró con el regordete organismo del felino atascado por la cabeza del tubo de desagüe, vía que no sé, ni entiendo porqué, se conectaba de alguna manera con la estructura de agua corriente de la casa. Era una escena tan asquerosa que la sola idea de extraerlo del conducto era vomitiva. Acompañado del azar y de la presencia de otro amigo, consiguieron un bote de gasolina para incinerar y darle fin al penoso asunto que hacía circular anélidos por los ductos de agua. Además de crear un incendio con ridículos resultados para ellos (por no ponerse de acuerdo en quién arroja la gasolina y quién el cerillo), resulta que durante los primeros instantes el gato no se ardía lo suficiente, lo malo vino cuando el cuerpo inflado de gases orgánicos reventó en la boca de la tubería. No sólo se esparcieron vísceras putrefactas del felino, sino que además por estar conectado a los canales de agua, la presión de la explosión alcanzó prácticamente a todas las salidas y entradas posibles de las instalaciones del inmueble, incluyendo desde luego, la coladera que se encontraba enfrente del patriarca de la casa quien se encontraba “haciendo del cuerpo” mientras leía una revista. No hace falta mencionar que hizo un estruendoso pero bizarro borbotonazo que salpicó el cuarto de baño de suelo a techo creando una imitación de cuadro de Jackson Pollock en las paredes de azulejo y al hombre que leía lo dejó en calidad de dálmata.

Como verán algunos animales son más peligrosos muertos que vivos, sin embargo me siguen dando más miedo los que caminan por las calles o dirigen el país haciendo gala de su poco, escaso, o inexistente pedigrí.

martes, 13 de abril de 2010

Taco Nmadres!

Esta minificción la escribió un niño que se llama Rafael Trajo, tiene 8 años de edad, pero está fabulosa:

- ¿Hola?
- Hola
- ¿Quién Eres?
- ¿Quién eres tú?
- Nadie interesante
- ¿De verdad?
- De verdad
- Yo, por mi parte, no soy, era.
- ¿Eras?
- Sí.
- ¿Quién eras?
- Tú.

jueves, 8 de abril de 2010

Torta De Cajeta "Tortwight Zone"

¿Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad? Yo no lo creo, sobre todo porque durante la embriaguez podemos llegar a generar un microuniverso donde las leyes de la lógica y la física se comportan diferente, en comparación con lo que ocurre de manera ordinaria, o más bien, sobria.
Pues bien, en ocasiones, ingresando al mundo mágico de lo etílico-supranatural (ya había dicho que las leyes de la física pasan a segundo plano ¿verdad?) encontramos que ciertos actos parecen muy normales, evidentes, posibles, y si queda una pizca aún de nuestro “super yo” lo exterminamos diciendo “¿Por qué no?”.
Mientras estuve en la universidad conocí a muchísima gente, una muy buena amiga que desafortunadamente ya no vive en México me contó de un viaje familiar a la playa. Dado que la situación iba a ser totalmente familiar y que sus hermanos son mucho más chicos que ella, su prima le presentó a otros amigos que se ocuparían de pasearla por la playa y hacer su estancia mucho más placentera. Así acudió una tarde al alegre convivio por las paradisiacas playas y acompañó dicho viaje con unas Pacífico bien muertas. En vista de que empezaron el tour muy temprano, igualmente terminó temprano, una de esas reuniones en que la resaca llega a las 11 de la noche y hace la vida imposible. Al llegar aproximadamente a las 10 de la noche a la casa donde se estaba quedando su familia, no pudo dejar de notar que debía atravesar el hall donde TODOS estaban viendo la televisión. Aquí es donde nuestra amiga entra a un mundo que se encuentra en medio de la Dimensión Desconocida y el Museo del Cus Cus. En su absurda condición se dijo a sí misma “Córcholis, toda la familia está viendo la televisión, y yo estoy haciendo mucho ruido, se darán cuenta que estoy ebria. Ya sé! Me quitaré los pantalones para hacer menos alboroto y que no se note mi embriaguez”. Y así fue como ocurrió. Nada más pacheco que ver salir a mi amiga del baño sin pantalones, con botas, tambalearse, atravesar el hall ante la impávida mirada de la totalidad de la familia, y despedirse con un general “estoy muy cansada, buenas noches a todos”, mientras desparecía en paños menores subiendo la escalera.
Otro amigo llegó a un nivel aún superior: confundió la realidad con el sueño. La crónica inicia cuando en medio de un solo de guitarra en un ya extinto recinto de la ciudad, se encontraba tan ebrio que supuso que luego de un espectacular lance, estaba tocando, pero no: se encontraba hincado en el suelo con la guitarra zumbando hasta que su vocalista le dio una patada para que despertara y continuara la canción. Alguna vez toqué con alguien que se le ocurrió admirar su guitarra y decidir que era hermosa mientras el resto del grupo esperábamos que despertara de su idilio amoroso con su instrumento y continuara con la maldita canción. El hombre la levantaba hacia la luz del escenario, le daba vueltas, haciendo una de esas caras que sólo vemos cuando la foto no ha salido en pose, cuando apenas vamos poniendo nuestro mejor ángulo para el disparo. El problema era que mi amigo la mantenía constante, una cara de llama peruana a medio masticar.
Cuando no había trabajo para el grupo en la ciudad, afortunadamente aparecieron oportunidades para tocar en pequeños poblados cercanos. Uno de ellos lleva el nombre de “Cerritos”, la capital del mundo. El lugar tiene la característica de tener un porcentaje enorme de gente trabajando ilegalmente en los Estados Unidos, todos ellos hombres, por lo que el pueblo está enormemente cargado de mujeres, y los pocos machos que quedan, son terriblemente celosos. Nos contrató un individuo que poseía uno de los dos centros nocturnos del lugar, que se dedicaba a la música norteña, pero que un buen día se le ocurrió contratar a un grupo de rock. Acudimos y nos topamos con uno de los equipos instalados más sofisticados con los que hemos tocado. La pared escurría de alacranes y escorpiones y nos colocaron encima de una plataforma que temblaba si movías un pié. La tocada se anunció hasta con camionetas con altavoces. El lugar se llenó y fuera de un individuo que recientemente acababa de salir de la cárcel y que le encontraron un cuchillo cebollero escondido dentro de la bota, y de un sujeto que golpeó despiadadamente a una mujer en el baño de las féminas, no hubo mayor lío en aquella noche. Nos dieron toda la cerveza que quisiéramos, y para cerrar con la maravillosa noche, nos invitaron a una reunión en la finca del dueño, a unos 20 minutos de ahí. Al llegar nos topamos con una granja de avestruces. La gente nos respetaba y al entrar parecía como cuando los luchadores entran al ring, la gente les aplaude, otros les gritan, pero podíamos sentir el ingreso de un grupo de héroes de guerra cuyo pueblo recibe con gran algarabía. Yo ocupaba el segundo lugar en la fila de entrada, delante de mí, un buen amigo cuya estatura excede los límites reglamentarios para ocupar un auto común y corriente. Fue cuestión de tornar un poco la cabeza para que al volver a mirar hacia adelante, mi enorme amigo hubiera desaparecido como por arte de magia. ¿A dónde se había ido? Hacía no más de medio segundo que estaba frente a mí. El hombre había caído en una excavación en el suelo que había sido diseñada para cocinar borregos y preparar barbacoa de hoyo. La imagen de los rock stars ingresando al backstage se fusionó con la alharaca de la gente que admiraba la salida más rápida de un gigante de dentro de un agujero para barbacha. Luego de eso, ya entrada la gente en copas, empezaron a escucharse muy cerca ráfagas de metralletas. Todo mundo se encontraba tranquilo, sólo nosotros 4 nos sentíamos como en un ataque terrorista. Resulta que a la gente del lugar le encanta embriagarse, y dedicarse a disparar a quemarropa hacia el monte. Nosotros optamos por cubrirnos con los tranquilos comensales, no vaya a ser que una bala perdida nos tocara, nomás por error.
Un servidor ha cometido una buena cantidad de tonterías, en alguna ocasión se me ocurrió organizar una fiesta para mis alumnos en un antro que se había instalado en una antigua casa cerca del centro de la ciudad. El lugar se había acondicionado a través de varias habitaciones, algunas privadas, algunas públicas, etc. No recuerdo en qué momento perdí la noción de mi ingesta etílica. Cuando nos íbamos, pagué mi cuenta y me disponía a alcanzar a los amigos que ya me esperaban fuera del lugar. Recorrí cuarto tras cuarto, me fue imposible encontrar la salida, daba vueltas en círculos. Tuve que optar por encontrarme a un par de alumnas y solicitarles que fueran tan amables de llevarme fuera del lugar.Me acompañaron tomándome una de cada brazo como si fuera Hugh Hefner en la mansión Playboy. Nunca me lo han echado en cara. Ojalá nunca lo hagan.