martes, 22 de marzo de 2011

Torta Marciana (Porque se redactó en Marzo)



Crecí con el horroroso concepto navideño ochentero, en el que era necesario adquirir el disco de varias estrellas musicales y actorcetes de poca monta cuyo tiraje fue terriblemente popular entre la población mexicana. Probablemente fui uno de los pocos que nunca lo adquirieron, mas mi deseo y mis encendidas ganas de obtenerlo eran cada vez más exacerbadas porque gracias a mis cualidades de pseudocantante, pertenecía al coro escolar donde entonábamos: “esta Navidad, vamos a dejar, puertas y ventanas, de par en par” mientras nuestras madres (en términos de “progenitoras”) nos veían con ojos humedecidos y aunque berrearamos como un búfalo entre las fauces de un león, consideraban nuestros cantos, divinos.

La navidad crea en nosotros, expectativas acerca de lo que debiéramos tener, a esa edad me vi bombardeado por una horda de spots comerciales de marcas como Mattel, Hasbro, Apache, etc., que llenaban mi cabeza de sueños que crecían en mi corazón como un tumor y que se reforzaban cada 5 minutos en que los bloques comerciales del programa de Chabelo, mostraban a mocosos con cara de niño Dios (digamos, que nuestras caras tenían gran diferencia de pantone) que jugaban alegremente con carritos que recorrían pistas de carreras inmensas y que daban piruetas que lanzaban rayos. O bien podíamos ver a G.I. Joe con su impávida mirada agresiva, quien luchaba contra ejércitos de maleantes y a quien nuestros conflictos caseros infantiles le resultaban (en caso de que dentro de su cráneo de plástico existiera materia gris) totalmente diminutos y sencillos de resolver. En mis ratos ñoños también se me antojaban los juguetes Mi Alegría, juegos de química que probablemente me ofrecieran la posibilidad realizar conversiones dignas de un mítico alquimista, incluyendo la transición de una mascota muerta en una viva, el crecimiento fortuito de un frijol que por falta de agua no creció sobre su algodón en mi experimento de la escuela, o bien que me dotaran de una cantidad impresionante de músculos sin necesidad de ejercicio alguno.

Para las niñas, pues existían pequeños objetos de distintas marcas que les planteaban la triste condición de encaminarlas a ser amas de casa cuando crezcan: un hornito de colores pastel que dizque cocinaba pedazos de masa sintética que podía ingerirse sin ningún problema, también existían una gama increíble de neonatos, bebés plásticos rellenos de aire que podían realizar cualquier desagradable actividad de un ser humano real, desde dormir hasta defecar creando una asquerosa escena donde una niña era feliz limpiando el estiércol de un lactante cuya condición artificial era más propia de una muñeca inflable, que a una niña de carne y hueso. Horribles eran también las muñecas del horror, quienes al recostarles cerraban los ojos y al enderezar su complexión los volvían a abrir. Maquilladas con chapas rojísimas y pestañas prolongadas como prostitutas, llegaba el momento en que el abuso en el balanceo del juguete, ya no cerraba o abría bien los ojos, llegaba el momento en que uno de sus globos oculares ya no abría o le daba un tic horroroso que causaba un miedo inmenso porque tintineaba igualito que un muerto viviente.

En alguna ocasión mi hermano recibió un “patín del diablo”, cuyo nombre provenía de su chillante color, pero que aunque su nominación refiriera al mismísimo Satanás, era tan divertido como caer como costal cada vez que daba uno un mal volantazo. Este objeto nos hizo enormemente felices unos días, hasta que jugando en la calle, alguien lo hurtó dejándonos a la deriva y conformándonos con una bicicleta Apache que había llegado a nuestra casa durante una navidad anterior, y cuya altura ya para esas fechas hacía que mis rodillas y mis codos lucharan por el mismo espacio mientras pedaleaba, además de que el manubrio ya necesitaba un apretón de tuercas porque de repente, la crisis de ver cómo a grandes velocidades (10 km/h era entonces la ruptura de la velocidad supersónica) podía torcerse sin poderse enderezar llevando al conductor a un inminente choque totalmente anunciado.

Pues bien, llega el momento en que uno deja de creer en los ídolos que nos ofrecen juguetes a cambio del buen comportamiento, es decir, que Santa Claus deja de venir por cierta razón. En mi caso, que resulta creo que bastante particular, fue muy sencillo porque a mi jamás me visitó el obeso colorado en cuestión, sino que fue el “Niño Dios” quien me brindaba presentes que no estaban valuados con mi conducta, sino con la capacidad adquisitiva de mis padres. A muy temprana edad comencé a dudar de si un niño con escasos 40 centímetros (porque así aparecía en la mayoría de las ilustraciones con la Virgen María) era la misma persona que un gordo de más de 2 metros, creo que la respuesta era obvia, por lo que alrededor de los 7 años fingí estar emocionado para continuar recibiendo regalos. Algunos alumnos míos me contaron que a ellos, un maestro de primaria les dijo, llegó molesto al salón, y en medio de la sesión escolar, dejó boquiabiertos a algunos y llorosos a otros, y ahora cargan con el sinsabor que les causó el mencionado docente.

Tengo el caso de un alumno que me comentó en petit comité, que descubrió que era su padre quien llevaba los regalos porque siempre huían de la fiesta navideña juntos y luego aparecían nuevamente previo a que los escuincles subieran a ver si ya había llegado el marrano rojo. Cuando los padres de éste, notaron que la mentira no estaba ya funcionado, decidieron de manera jocosa, disfrazarse de roedores gigantes y entrar a su cuarto luego de que éste perdía un diente, para darle dinero y confesarle en medio de tan desagradable espectáculo, que ni Santa ni el Ratón de los Dientes existían, que siempre fueron ellos. Me imagino que el pobre muchacho debe haber quedado “tocadiscos” luego de ver a su padre con unos dientes enormes y una especie de pijama peluda y bombacha, caminando en 4 patas para despertarlo y darle tan desagradable impresión.

Para cerrar el presente escrito, quiero revelar los peores regalos de los cuales supe, fueron entregados en las múltiples historias que etnográficamente investigué. Las numeraré en orden ascendente, dejando el peor regalo, en la primera posición:

5. Calcetines

4. Caja de Galletas Surtido Rico de Gamesa

3. Tamagochi de Pikachu (Cabe aclarar que el joven, aún lo trae de llavero) y que la avanzada tecnología china, puede lograr que se aparee con otro tamagochi de Pikachu.

2. Bolsa de Papas Sabritas (ocupa este lugar, porque a quien le fue regalado, lo solicitó mediante una carta que pendía de su árbol de Navidad)

1. Una camisa que ya le pertenecía y que semanas antes, había sido prestada al primo en cuestión, quien amablemente decidió que devolver la mentada prenda, era un buen regalo. Por ello, la metió en una caja, la forró y arregló para ser entregada tras una larga carcajada.

En la actualidad me dan roña estos festejos, quién sabe y si cuando tenga hijos cambie de parecer, sin embargo, mi mejor regalo ha sido siempre escuchar las miserables historias de quienes han padecido el júbilo por la época y la frustración que se instaura en el lugar donde una sonrisa debería estar. Aunque escuche estas historias en marzo, son mi mejor Navidad.

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