Luego de desaparecer virt
ualmente por unos meses, decidí volver con la cabeza un poco más apaciguada y redactar el presente mamotreto.
Siendo noviembre y habiéndome pasado “de noche” el Día de Muertos, decidí recapitular algunas anécdotas sobrenaturales y de ultratumba que a mi ya de por sí desconchabada mente han llegado.
Iniciaré declarando que mi única experiencia con el mundo del “más allá” consistía en un vago e incomprensible recuerdo de un par de payasos que se acercaban a mí siendo un infante cuasi lactante, jugando, sonriendo y ofreciéndome galletas (cabe agregar que ahora que lo pienso, creo que me dieron trato de perro callejero, de esos que merodean los puestos de garnachas). Este pseudorecuerdo se acentuó durante los 80’s cuando la película de “Eso” apareció, razón por la cual los payasos causan más lágrimas que alegrías en mi vida, además de mi afición por Javier Solís, Carusso y José José, a quienes también les arrancaron sinsabores. Esta anécdota fue comentada infinidad de veces en tertulias donde los elixires etílicos fluían, y siempre fue un éxito. Sin embargo el pavor y la impotencia se convirtieron en frustración una vez que, acabada la comida una tarde de hace pocos años, mi progenitora, la mujer que me parió, la que me concibió y me trajo al mundo, me informó que nuestros vecinos, de la morada anterior, de nuestra ex – casa, eran un par de asquerosos adolescentes que para ganar unas monedas pintarrajeaban sus caras como payasos y acudían a solicitar poder hacer una llamada desde nuestra extensión telefónica. Ahora me causa más miedo esta anécdota y por supuesto, ya no se cuenta en el tenor que anteriormente se hacía, ya no causa horror, sólo causa gracia.
Una amiga contaba que durante su estadía en Guadalajara, donde vivió un par de años haciendo una especialidad, en un departamento donde había fallecido una joven a causa de sobredosis de estupefacientes, que había ingerido luego de una larga depresión. El mentado fantasma no era muy amigable, o bueno, eso pienso yo, a menos que el hecho de que alguien se te suba mientras duermas y te empiece a ahorcar se pueda considerar como el “síndrome del koala”. El chiste es que en una ocasión, en pleno ocaso, mi amiga se había recostado un momento, cerró los ojos y como toda reacción para una persona que aún no se dispone a pernoctar, abrió los ojos y vio que la aparición se encontraba en la esquina del cuarto. No queriendo darle importancia volvió a cerrar los ojos un instante y al volverlos a abrir se topó con la cara de la fantasmagórica mujer prácticamente nariz a nariz. Cabe aquí señalar que dicha visión, me hubiera, en lo personal por supuesto, causado un deslave intestinal o de perdido, la famosa “garrotera” que en ocasiones atacaba al Chavito del Ocho. No haciendo notar su impresión, cual gusano de maguey en comal, se giró hacia el otro lado topándose nuevamente nariz con nariz con la susodicha ánima. Reitero en esta parte que de haberme ocurrido a mí, podría parir sin problema en caso de que yo fuera una fémina, puesto que la impresión me habría dejado vacío desde el estómago hasta la col…cha sobre la cual reposaba. Luego de esto, algún encantamiento de chamán alejó a la chica quien probablemente haya ido a jorobar a otro departamento.
Conozco a la familia a quien pertenece la siguiente historia desde mi ingreso a la escuela primaria, por eso sé que lo que estoy a punto de contar, es verídico, totalmente cierto, y que ha sido empíricamente comprobado en carne propia, no mía, pero sí, de mis cuates. La casa donde habitaban fue construida desde ceros y ningún albañil fue lastimado en el proceso, ninguno murió, ninguno nada, nanáis, yo creo que ni se machucaron, para acabar pronto. El chiste es que uno de los 3 hijos en cuestión, fabricó una ouija: artefacto plano con letras y números que persigue el fin de comunicarse con seres que han pasado a mejor vida y que por angas o por mangas han pendido de algún lugar sus zapatos deportivos, es decir, han colgado los tenis. Fue diseñada a espaldas de un anuncio de alguna medicina que promocionaba el Dr. Cándido Pérez y tuvo como respuesta, una supuesta conversación con alguien que se llamaba el “Willy”. Dicho fantasma, al igual que el caso anterior, tendía a considerarse a sí mismo como una especie de corbata o bufanda, porque, nada tonto, iba a ahorcar por las noches a la hermana menor de la familia, y dada esta situación, su habitación fue bloqueada con un enorme librero y ella emigró a otro cuarto.
Un servidor normalmente es muy sensible a la cuestión del terror cinematográfico, tengo poco temple para ver esas cosas, cuando ocurre uno de esos momentos impactantes en los que en plena calma aparece algo que me hace sobresaltarme, pego un pequeño brinco (aquí es donde no entiendo cómo lo hago, si estoy sentado en la butaca y no utilizo los pies, ¿cómo hago para ascender de mi posición, a la ridícula circunstancia de estar en el aire y asustado?) La película que más miedo me causó fue la ya anteriormente mencionada “Eso”, basada en un texto de Stephen King que poseía el mismo título. Recuerdo fielmente la parte en que un mocoso introduce su mano a través de las rendijas de una alcantarilla, donde aguarda el mimo en cuestión con dientes de piraña y más amarillos que Piolín, mientras el baboso escuincle se estiraba para alcanzar no recuerdo qué chunche se le había escapado por el desagüe, como bien recordarán el chamaco “chupó faros” en esa escena. Cada vez que aparecía la creatura causaba un pavor terrible, y por lo general ocurría en los momentos cotidianos, representando una total invasión a la certidumbre de seguridad. Es precisamente esta idea la que me hace recordar la experiencia final del presente artículo:
Corrían los días de mi último año en la escuela preparatoria, cuando la elección de princesas se llevó a cabo en un salón de gran fama y abolengo en esta ciudad. Asistí con la intención desde luego, de saber quién ganaba (sí, como no) y de pasada convivir con algunos compañeros que nos habíamos cooperado para compartir, digamos… unos “copetines”. El lugar está diseñado por niveles, a manera de auditorio y se puede desde cada uno, asomarse a uno cada vez más bajo hasta llegar a la pista. Brindábamos como unos dandy’s cuando mi experiencia extra-normal (conste que no dije “paranormal”) ocurrió. Había una compañera, cuya estructura fisiológica no era ni cercanamente poco agraciada, en realidad sólo le faltaría el cabello rojo y ser expuesta en una tienda de esoterismo para ser un Troll. Pues al parecer ese día se le ocurrió vestirse con un vestido chapado a la antigua, con holanes y de color verde esmeralda metálico, unos guantes blancos hasta pasados sus codos y los zapatos igualmente blancos como de la pata Daisy. La hora no la recuerdo pero corría probablemente la 4ª o la 5ª copa, yo estaba recargado contra el barandal que limitaba del nivel inferior del lugar cuando en medio de un trago, emergió desde el anterior escalón, se sujetó del ya mencionado tubo y dijo: “Hola”. Mi impresión fue tan inconmensurable que sólo acerté, a pesar de que ella no lo haya visto así, a saludarle de una peculiar manera en que cambié su nombre de pila por la exclamación “!Ay!” y su apellido por “Cabrón”. Cabe aclarar que extendí un poco la letra “O” de su nuevo apellido, mientras mis ojos intentaban dispararse de mis cavidades oculares y mi quijada se mantenía abierta y tensa. Ella me miró por un instante antes de darse vuelta y yo resolví pasar el amargo trago, con otro de mejor sabor y que me recordara el dulce sabor del brandy. Por si a alguien le queda duda, la chica nunca me volvió a hablar en su vida, cosa que en realidad me importa lo mismo que el resultado de la batalla entre una hormiga y una termita en lo profundo de la selva del Congo.
Muchas historias hay al respecto y que vienen a mí en estos tenebrosos días, espero luego poderlas contar. Espérenme un poco, en lo que me vuelvo a recuperar de este recuerdo que acabo de redactar. Necesito un Brandy.


0 comentarios:
Publicar un comentario