He pensado que la idiotez es relativa. Normalmente depende de su juez, sin embargo, el pleno reconocimiento individual de la misma, es la que nos garantiza que los actos realizados son perfecta e invariablemente estúpidos, zoquéticos, imbéciles, en fin, “pendéjicos”.
Es así que remitiré en el presente artículo a los sucesos que a MI parecer (personal-propio-mío de mí) considero que sobrepasan la casualidad y se insertan en la causalidad, para constituirse en lo que llamamos “babosada”. Un amigo me dijo que mis accidentes no se clasifican en la categoría de tragedia, sino más bien en el surrealismo. Es así que el primero de ellos, por lo menos en mi registro, ha sido a los 2 años de edad cuando decidí ingerir un frasco de pastillas para dormir pensando que eran lunetas. La insolencia radica en que si la primera de las grageas no me supo buena, ¿qué podría indicarme que las demás sí lo harían? Esto me llevó al hospital a raíz de una intoxicación que me provocó alucinaciones y que pienso que desembocó en una apendicitis seis meses después.
A ello le siguieron accidentes como: rebanarme el pedacito de piel que se encuentra entre el dedo gordo y el índice de mi mano derecha con una cinta de medición, caer de clavadito en un tambo lleno de cal mientras mis pies se sacudían como los monitos de Santa Claus que ponen algunas ñoñas casas en épocas decembrinas (palabra que da pie a otro artículo que ya me dieron ganas de escribir), casi ahogarme en una alberca de hotel, atorarme en un tendedero mientras brincaba de un tejado a un montón de arena, entre otros.
Otro más que referiré, toma lugar ya un poco más grande, como a los 4 años, edad en que la inocencia y el mongolismo se confunden para dar paso a un monstruo aberrante cuya ternura está yéndose al infierno y cede la inocente e inmaculada imagen de un infante, para convertirse en algo parecido a una almorrana, comparado desde luego, con su hermano menor, quien aún goza de esa apariencia pueril. Aún así, mis padres tuvieron una reunión, de esas a las que todos los adultos llevan a sus hijos presuponiendo que el hecho de ser pequeños les obliga a jugar juntos. El juego inició en el llamado “volantín”, una máquina de muerte disfrazada de juego infantil, cuyo centrífugo movimiento se origina al girar como energúmeno un timón interior mientras los niños se aferran a los barrotes de la sanguinaria esfera y gritan, no sé si de verdadera hilaridad o de puro miedo. Yo era el vástago más chico en esa noche, y por mis escasas dimensiones y evidentemente, inferiores fuerzas, no me fue permitido participar en “darle cuerda” a la licuadora de infantes. Más tarde, la tertulia se extendió y el juego quedó vacío, así que mientras los grandes se reían de incomprensibles jocosidades, me subí solo al matadero. Empecé a darle vuelta, primero de poquito en poquito. Mientras tomaba vuelo, era más sencillo hacerlo girar más rápido, pues bien, intenté romper la barrera de la luz y lo hice girar tan rápido como un humano de mi edad pudiera lograrlo. El problema fue que cuando me di cuenta que era suficiente, no supe qué hacer con mis manos, así que solté el volante y salí volando del juego rumbo a ningún lugar, de la misma manera en que se arroja una ardilla voladora desde la copa de los árboles. Como no tenía una membrana planeadora como esos roedores, aterricé como bulto en la tierra. No conforme con mi manifestación de torpeza, al caer mi cabeza golpeó contra lo que quedaba de un poste recién cortado, sin desnucarme, el impacto fue tan grande que mi boca se cerró de una vez, con tal fuerza que uno de mis dientes lácteos salió volando a quién sabe dónde. El resultado: raspones, descalabro, diente roto, y el estigma del niño torpe que no sabe qué hacer con las manos en un volantín.
Otra ocasión, en mi fiesta de cumpleaños no podía permitir ser el menos que el centro de atención, por lo tanto tenía el inalienable derecho, obligación y compromiso conmigo mismo, de romper la piñata como los grandes, y yo… únicamente yo… exclusivamente yo, podría golpearla más de las veces contempladas para cada partícipe. Luego de que un par de invitados azotaran aquella masa pendulante de barro y cartón, tocó mi turno al bat, o al palo de escoba más bien, un arma blanca que no sólo tiene la cualidad de detener fibras para el tradicional “barrido”, sino que además es capaz de incidir críticamente en la integridad de una amenazante piñata que se reía de mí con sus tantos picos y barbas que se desprendían de cada uno de los últimos como esos lunares a los que les brota un pelo en medio. En pocas palabras: era la piñata o yo, ambos no cabíamos en este mundo. Llegado el momento, tomé el trozo de madera y procedí a arremeter contra el objeto colgante que de mí se burlaba, cumpliendo con la cantidad de golpes, pero sin lograr destruirla. Siendo yo el cumpleañero, me importó lo mismo que a Niurka sus asquerosas uñas, o sea, nada, por lo que hice un par de golpes más, logrando partir a la mitad a mi enemigo. Pero no me fui limpio, al desquebrajarse la piñata, dejó caer la mitad de la olla que constituía la fuente de su poder, y cayó sobre mi mano izquierda cortándome la piel hasta llegar al hueso (hace falta decir que a esta edad nunca había visto un hueso expuesto), momento en que mi abuelo corrió hacia mí para atarme un pañuelo esperando no siguiera viendo mi extremidad medio mutilada. No hace falta decir que el resto de mi cumpleaños lo pasé en la sala de emergencias de un hospital donde me cosieron el boquete que aún hoy, guarda una cicatriz de guerra, de esa batalla legendaria, donde la piñata y yo, nos batimos a muerte, resultado un servidor, ganador de una contienda, que me costó más que el sólo gusto de acabar con ella.
Por alguna razón que ahora ustedes conocen, si me rapara, mi cabeza estaría llena de cicatrices, pero también de muchos recuerdos y aventuras estúpidas, que en vez de avergonzarme, me dan risa.


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